jueves, abril 23, 2026
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Agustín Lara, el ídolo del bolero

En el aniversario de fallecimiento del símbolo del bolero, nuestro columnista visita sus lugares, entrevista a sus expertos y ensaya una semblanza del “Flaco de Oro”. Incluye algunas anécdotas, apasionadas y sangrientas, que nos acercan un poco más a esta figura de la música latinoamericana.

Por Nicolás Sosa Baccarelli

Desde México

“Remedo de la herida que otro amor dejó”

Digamos que eran las dos de la madruga, de un día cualquiera. La fiesta estaba entrando en calor. Las copas iban y venían, y volvían a llegar, otra vez llenas. La música entreveraba manos y  mejillas sudorosas; y el pianista pedaleaba sin parar, hasta que se fuera la última pareja, el último encopado.

Cualquiera sabe que la noche a esta hora se hace una trampa, una telaraña densa que envuelve y que no suelta.

El hombre llegó puntual y se acodó en una de las mesitas, bajo el descanso de una escalera, o tal vez en la barra. Saludó, como siempre. Encendió un cigarrillo que fumó lentamente, y luego otro. Y ya pidió un vasito de algo, como para acompañar el humo.

Podríamos pensar que habló de una playita de Veracruz, una recuerdo de la infancia, con veinticinco años y un matrimonio, uno ya se siente a gusto para hablar de eso, para  pitar el cigarro, aguantar el humo y sin prisas, como demorándose gustosamente, decir “cuando era niño…”, y cosas como esas. Un tal Rodolfo Rangel alias “El Garbanzo ”, que le enseñó a marcar el ritmo del danzón y del bambuco. O supongamos que nombró a Doña Carolina, la dueña, cómo no… le pagaba dos pesos con cincuenta centavos diarios, y lo hacía tocar desde las nueve de la noche hasta las tres de la mañana. Y ya puesto en ese afán, habrá nombrado a tía Refugio. Algo, cualquier cosa. Da lo mismo. El propio Agustín lo olvidó cuando la botella voladora le estalló en el rostro y un vidrio se le incrustó en cara, abriéndole un tajo fenomenal. Sangre a chorros.  Mujeres a los gritos, una que quiso salvar su abrigo y otra que gemía en un rincón del cual surgió la botella, en un sonido que no alcanzaba a ser carcajada y se parecía mucho a un llanto.

Otros cuentan que no fue un vidrio sino una navaja. Exactamente una navaja de barbero. Es una variación probable, hasta más convincente a juzgar por el resultado. Un solo movimiento desde atrás fue suficiente para que el metal toque la encía y deslice. Un solo tajo, limpio, decidido.  Rosa deslumbrante,/ divina rosa que encendió mi amor/eres en mi vida/remedo de la herida/ que otro amor dejó” escribió Agustín más tarde y se volvió a enamorar, y volvió a escribir, y se volvió a enamorar. Después escribió cosas como “Luna que se quiebra/ sobre la tiniebla de mi soledad… ¿A dónde vas?”. O cursilerías verdaderas, como suele ser de verdadero todo lo cursi “Solamente una vez/ amé en la vida/ solamente una vez /y nada más”.

Una herida, una marca dolorosa e imborrable como la de la hacienda. Encajada en la carne, una huella que recordará una noche, una traición y nombrará a una mujer, a UNA SOLA mujer, para siempre.

Dos pinceladas sobre el Flaco

Su nombre completo era Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino.  Sólo “Agustín”, para los amigos. Más tarde, “El Flaco de Oro”, para los admiradores.

Decía haber nacido en Veracruz, “con la luna de plata”,  el “alma pirata” y “trovador de veras”. Eso le gustaba decir, aunque algunas publicaciones desmienten este hecho y afirman que nació en la Ciudad de México, más retirado de ese puerto que amó. Así empieza el recorrido por la vida del símbolo de la canción romántica, poblada de misterio, de ajetreos amorosos, de rumores de cuchillos, besos y pólvora. Que enamoró a una hermana de Frida Kahlo, que participó no se sabe cómo en la Revolución Mexicana, que mereció dos tiros en las piernas y una estancia en la cárcel… Misterios que el propio Lara alimentaría, consciente de que creaba en vida su propia leyenda.

Desde los siete años tocaba el piano y a sus doce tuvo que salir a trabajar, en cabarets y centros nocturnos, donde aprendió el resto… a “sufir, después amar, después partir” diría el Mimo Expósito…

Con una vida sentimental agitada, no hay acuerdo sobre cuántas veces se casó. Entre siete y diez veces, se dice. Aunque su matrimonio con la bella actriz mexicana María Félix, fue el más conocido. Para ella compuso “María bonita”, “Aquel amor” y “Noche de ronda”, entre otras canciones.

Desde Guadalajara, el Dr. Raúl Ibarra Ovando, médico, pianista y estudioso de la obra de Lara, nos cuenta que, a tal punto llegaron sus aventuras amorosas, que  “existe por ahí la anécdota de que, en una ocasión, un amigo taxista lo disfrazó de lavandera para que pudieran los dos escapar de unos guardaespaldas que lo estaban esperando en la entrada de unos departamentos para matarlo, pues andaba con la esposa de un alto funcionario en la Ciudad de México”. Hombre arriesgado este Lara, con cicatriz y todo. Más dado a la pasión que al escarmiento.

La historia también cuenta que tuvo un romance con una mujer con la que Enrique Santos Discépolo – en pareja con Tania-  habría tenido su famoso amor prohibido, y hasta un hijo. Se trató de Raquel Díaz de León, madre y eterna luchadora por la filiación de Enrique (“hijo”). Raquel Díaz publicó hace pocos años, aquí en México, su libro “Agustín Lara, Santos Discépolo y yo” donde se refiere a ambos artistas y acusa a Lara de ser un “hombre aburrido” que “sólo hablaba de él”. Rumores, impresiones e historias que se cruzan en caminos sinuosos y opacados por el tiempo.

Flores y dardos para Lara

La primera obra que registró fue “La prisionera” en 1926. Un par de años más tarde, dio inicio a su programa radial “La hora íntima de Agustín Lara”, con el cual comenzó su camino hacia la fama. Incursionó también en el cine y  continuó su éxito radial con el programa “La Hora Azul”. Giras por Centro América, Europa, América del Sur, nuevas canciones, se transformó pronto en la figura del bolero mexicano, en un momento de particular fertilidad del género.

La obra de Lara comprende cerca de setecientas piezas entre boleros, pasodobles, baladas, tangos, y melodías “tropicales”; también compuso la opereta “El pájaro de oro”, en 1946. Algunas de sus piezas integran un repertorio clásico de alcance mundial, el lector recordará: “Granada”, “María Bonita”, “Noche de ronda”, “Mujer”, “Solamente una vez”, “Veracruz”, sólo por nombrar algunos de sus títulos más celebrados.

Su privilegiado sentido estético de lo popular, hizo que Lara cantara al amor y sus penas, y lo hizo de un modo que, por lo regular, estuvo repleto de lugares comunes y frases trilladas. Se lo atacó, como se ataca en general al bolero, de ser sensiblero, de ser “cursi”. En vida se encargó de contestar esta crítica: «Soy ridículamente cursi y me encanta serlo, porque la mía es una sinceridad que otros rehúyen, ridículamente. Cualquiera que es romántico tiene un fino sentido de lo cursi y no desecharlo es una posición de inteligencia», dijo alguna vez el ídolo del bolero.

Lara fue juzgado por el gobierno mexicano de los años 30 y 40 como “inmoral” y en consecuencia, censurado. Algo parecido a lo que sucedió en la Argentina, durante los mismos años, con los poetas dedicados al tango y el “saneamiento” literario impuesto por el gobierno militar de 1943 y sostenido un par de años más por el gobierno de Perón. La Iglesia Católica tampoco gustó mucho de tantos besos y de tanto amor; y menos de que contradijeran a Dios en estas cuestiones.

El 6 de noviembre de 1970, fallecía, víctima de un derrame cerebral. Sobre su tumba en el Panteón Civil Dolores de la  Ciudad de México, la gente deja pequeñas ofrendas, algunas oraciones.  Y se marcha canturreando sus versos…

Granada tierra soñada por mí… Te sueño rebelde y gitana/cubierta de flores/y beso tu boca de grana/jugosa manzana/ que me habla de amores…

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