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Una vecina en las montañas

Por Onelia Cobos

Hablemos de Romina Pagliafora

Mucho más que una profesional de la montaña, Romina es un ser que ha conseguido una comunicación muy íntima, espiritual y emocional con el entorno y los macizos que  parecen esperarla cada vez que ella va a su encuentro. Esto la hace una agradecida de la Vida.

Pero es imposible pensarla sin pensar en Nico Gizzi Bauco, su compañero, con no solo un idéntico perfil si no también una misma vibración interior conectada con el entorno, la ruralidad y el paisaje de montaña.

 

Todos los logros académicos de Romina retroceden cuando se pone en marcha y, en los ascensos y entrenamientos, se convierte en figura alada, volando a jugar con las estrellas.

El viento que roza sus mejillas cuando está en altura se convierte en una caricia divina imposible de explicar.

La algarabía de su corazón cuando llega a la cumbre de cualquier monte o montaña la convierte en una niña feliz con muñeca, aunque siempre nos recuerda que el camino le gusta más que el hacer cumbre.

 

Romina ha ido descubriendo poco a poco su propia identificación con el paisaje mimetizándose hasta ser parte del mismo.

La maravilla del encuentro con Nico se explica solamente cuando él nos cuenta que pudo tener la mejor niñez y adolescencia cuando Chacras era un paraíso de silencio y quietud y pudo descubrir que amaba las largas caminatas en el pedemonte, jugando con lagartijas y silvestres conejos y siguiendo guanacos a lo lejos.

A veces escalaba alturas, otras caminaba jugueteando con el viento que en ocasiones se volvía Zonda, caliente, y envolviéndolo en nubes de polvo aparecía en su casa como si estuviera tapado por cenizas de un volcán enfurecido.

Nada de todo aquello continua en Chacras. No hay silencio. Hay una contaminación sonora por el exceso de autos que transitan la calle de su infancia, apabullando el caminar.

Están los árboles, asustados ante la explosión demográfica. Están las madrugadas sin gente para recordar. Están las azules y multicolores montañas a lo lejos, más allá del pedemonte que se cubrió de casas.

Pero cuando Romina baja de sus ascensos, está el callejón Bauco en la querida y vieja calle Pueyrredón donde Nico la espera.

Sus mascotas, una gallina graciosa y pizpireta y dos perros tiernos y mimosos,  la presienten y no se mueven de la entrada, esperándola.

Entonces todo vuelve a ser Chacras. El Asombro se acomoda en el living y deja que el acopio de Energía celestial que ha bajado con Romina, cubra toda la casa  y el callejón Bauco vuelve a ser la vieja residencial del entonces.

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