El Malbec y la huella imborrable de Michel Rolland en la vitivinicultura argentina
La cepa insignia de Mendoza celebró su día el pasado 17 de abril, en un contexto marcado por la reciente muerte del reconocido enólogo francés Michel Rolland, figura clave en la transformación y proyección mundial del vino argentino.
Por Rosaura Etcheverry
El Malbec, variedad insignia de la vitivinicultura argentina, volvió a ser protagonista el pasado 17 de abril, fecha en la que se celebra el Día Mundial del Malbec. Este año, la conmemoración estuvo atravesada además por la reciente muerte del prestigioso enólogo francés Michel Rolland, ocurrida el 20 de marzo, cuya influencia resultó determinante para posicionar al vino argentino en el escenario internacional.
La variedad Malbec tiene su origen en el sudoeste de Francia, específicamente en la región de Cahors, donde históricamente se la conoció como “Cot”. Sus características permitían obtener vinos tintos intensos y estructurados, muy valorados en Europa, especialmente en Inglaterra.
Sin embargo, a fines del siglo XIX, la plaga de la filoxera destruyó gran parte de los viñedos franceses. Para entonces, algunas cepas ya habían llegado a la Argentina. Fue en Mendoza donde el Malbec encontró las condiciones ideales de suelo y clima -terroir- para desarrollar todo su potencial y alcanzar una identidad propia.
Rolland llegó por primera vez a la Argentina en 1988 y quedó impactado por la calidad y las posibilidades del vino nacional, particularmente del Malbec mendocino. Ese viaje marcó el inicio de un vínculo que transformaría profundamente a la industria vitivinícola del país.
El reconocido consultor introdujo cambios en el manejo de viñedos, en las técnicas de elaboración y en la crianza de los vinos, incorporando métodos modernos de origen francés orientados a priorizar la calidad. Gracias a estas innovaciones, se lograron vinos con mayor concentración de sabor, color y estructura, además de perfiles más redondos, frutales y de taninos suaves. También impulsó el uso de barricas de roble francés para aportar complejidad y capacidad de guarda.
Durante la década de 1990, Rolland descubrió el enorme potencial del Valle de Uco, una región que entonces permanecía prácticamente inexplorada para la producción de vinos de alta gama. Convencido de sus cualidades, regresó a Francia con la idea de atraer inversiones de importantes familias bodegueras europeas.
Así nació Clos de los Siete, un emprendimiento de alrededor de 800 hectáreas que se convirtió en uno de los proyectos vitivinícolas más emblemáticos de Mendoza.
Gracias a su prestigio internacional, Rolland también se transformó en uno de los grandes embajadores del vino argentino, promoviendo las virtudes de Mendoza y contribuyendo a la apertura de mercados en Estados Unidos y Europa.
Más allá de su fallecimiento, su legado permanece vigente en generaciones de profesionales del vino que continúan aplicando y transmitiendo sus conocimientos. Su aporte dejó una marca indeleble en la historia del Malbec argentino y en el crecimiento de la vitivinicultura nacional.


