Por Gabriel Gallar
Es seguro que han pasado más de 30 años. Tal vez fue en 1982. Noche de asado entre amigos. Invierno. En aquellos años el invierno era realmente cruel. Hacía frío de verdad. La reunión se consumaba en un domicilio de Calle Mitre al 1400 (aprox.). Alrededor del mesón bebían un tinto espeso seis o siete comensales. Era día de semana y no había santo que festejar. Sólo la amistad y el gusto de charlar los reunía. La conversación giraba, como siempre, sobre temas intrascendentes. Alguna chanza los hacía reír y abría un ventanita hacia el optimismo.
Cuando el asador avisó que se largaba una tanda de chori y morcilla, alguien, mostrando una sonrisa pícara, sugirió: “Muchachos no podemos empezar.” “Falta alguien.” Y se miraron los muchachos como diciendo estamos todos. Entonces, el de la sugerente sonrisa pícara y habitual inventor de tropiezos, dijo: “Aquí falta el doctor Levy.” Todos movieron la cabeza manifestando que la ocurrencia era imposible. No había forma que la Señora del médico le permitiera asistir a un asado sin ton ni son. Como en ese hogar había un hombre, ya mayor, en estado de salud delicado perpetraron una elemental estrategia.
Así fue que uno de los muchachos fue a tocar a la puerta del Doctor. Generalmente él nunca atendía, lo hacía su esposa. “Disculpe la hora Doña y este frío que hace, pero es que el viejo está embromado y reclama ver al doctor.” En un santiamén apareció Levy arropado con un sobretodo gris y su maletín. Caminaron sin hablar los cien metros que separaban una casa de otra. Abrieron el portón y al entrar a la galería perfumada de humo y churrasco el doctor espetó su muletilla: “a la puta carajo, el enfermo está bien.” Y ocupó el lugar que en la mesa le habían reservado los muchachos. Sus vecinos y amigos. Entre charla y charla, bocado y bocado, trago y trago, el tiempo voló.
Ya nadie recordaba que aquella invitación fue una travesura. Levy discurría contando pintorescas anécdotas. Estaba contento. De alguna manera cumplía su rol de médico aquella gélida noche. Los muchachos lo invitaron porque necesitaban de su presencia humana, no de su maletín ni del recetario. Él era necesario y ahí estuvo.
Luego ocurrió lo inevitable. Se escuchan golpes en el portón. Había pasado bastante tiempo como para una consulta y una elemental receta. Alguien acude al llamado y, como era previsible, la esposa del doctor mostró su rostro de pocos amigos.
El final no es muy feliz. El doctor caminando rumbo a su casa, cabizbajo, portando su maletín negro y la mirada resignada sobre las baldosas desparejas de la calle Mitre. Atrás iba su esposa espetándole una sarta de retos y amenazas que nadie escuchó. Hacía mucho frío para oír rezongos.


