Venezuela: lógica de un solo sentido
Dr. Alberto Montbrun
alberto.montbrun@gmail.com
“No puede haber Democracia allí donde el poder se ejerce fuera de la ley”
(Norberto Bobbio, “El futuro de la Democracia”)
“Reafirmando mis evangélicos credos de que los hombres deben ser sagrados para los hombres y los pueblos para los pueblos y en común concierto reconstruir la labor de los siglos sobre la base de una cultura y una civilización más ideal”
(Hipólito Yrigoyen, 10 de abril de 1930)
Me parece (me parece) que la espectacular operación de secuestro y traslado del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, a EE UU es un hecho menos trascendente de aquello que oculta. Maduro es un reconocido dictador, violador serial de derechos humanos, asesino y posible narcotraficante, además de gobernante notoriamente ilegítimo. Su secuestro ha dejado a mucha gente -por lo que se ve en las redes y en las declaraciones de políticos- contenta, satisfecha, feliz y con ánimo de percibir que se hizo justicia. Incluso han llegado a decir que “llega la Democracia a Venezuela”.
¿Será tan así? ¿Serían esos los nobles objetivos perseguidos por el orquestador de la operación -que también es, reconozcámoslo, un personaje notoriamente autoritario y fascista-? ¿No será, tal vez, que estamos en la época de lo práctico y lo pragmático y que todo se redujo a colocar en Venezuela a alguien que garantice los intereses económicos de la hoy decadente potencia del norte?
La rápida legitimación por parte de Trump de los principales compañeros de ruta del dictador depuesto, autoriza a suponer que no es precisamente la ética o la búsqueda de la democracia lo que caracteriza la operación. A ver: Delcy Rodríguez, vicepresidenta y ahora presidenta interina; su entrañable hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional; la reconocida manipuladora judicial Caryslia Rodríguez, presidenta del Tribunal Supremo de Justicia; el Fiscal general, Saab y el canciller Gil, y –last but not least– los “hombres fuertes” de régimen: Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López. Gente encantadora, amable, comprensiva, con la cual se puede dialogar y acordar. ¿Cambios? Hasta ahora cero. ¿Libertad a los presos políticos? Alrededor de 100 (cien) en total al cierre de esta nota.
Es que la estructura de poder de Maduro permanece intacta porque no era “de Maduro” y porque no hablamos de “cualquier” estructura de poder: se trata de una verdadera organización paraestatal integrada por grupos fuertemente armados e ideologizados y financiados con la renta del petróleo y el narcotráfico. Una estructura que permea a la totalidad de la sociedad venezolana: empresarios, grupos sociales, el Partido Socialista Unido (¿o Único?), medios y redes y, sobre todo, el aparato militar y paramilitar.
Por eso dan cierta ternura las personas que, más allá de su legítima alegría por la caída del dictador, han expresado sentimientos de tolerancia frente a un hecho tan grosero y aberrante como es la máxima violación de uno de los principios más sagrados del régimen mundial emergente de la segunda regla mundial: la igualdad, la autonomía, soberanía e inviolabilidad territorial de los Estados que integran la comunidad internacional, bajo reglas comunes. ¿Son válidos aún? No. Yo mismo me he pasado los últimos treinta años indagando en su crisis, pero, al mismo tiempo, rescatando los valores que pueden fundar una Democracia renovada.
Pobres los apólogos lamebotas del régimen de Trump, que se apresuraron a apoyar una operación groseramente ilegal sin saber que -tal vez- estén escupiendo para arriba. De nuestro presidente bueno, mejor ni hablemos. Menos mal que después de pasar de largo dando la bienvenida al gobierno de González Urrutia se llamó a silencio.
Lo que pasó en estos días me llevó a evocar dos recuerdos “raros”: El primero fue Malvinas. El 2 de abril de 1982 era poquitísima -me apresuro a excluirme- la gente que no estaba contenta con la toma de las islas (aún a pesar de que dos días antes habíamos estado en la esquina de Mitre y Pedro Molina de Ciudad protestando contra la dictadura). Suponíamos que habría una conveniente negociación, que EE UU nos apoyaría después de la buena letra de los militares, que Inglaterra estaba frita, que habría dos o tres banderas, que la ONU, etcétera, etcétera. Aprovecho de paso para recomendar las dos últimas maravillas de ese gran escritor que es Eduardo Sacheri “Tan lejos” y “Quién se acordará de nosotros”. Ya sabemos cuál fue el final: perder miserablemente a cerca de 700 jóvenes enviados a una guerra absurda y tirar a la basura los esfuerzos transcurridos desde la gloriosa Resolución 2065 de la ONU, que instaba a negociar bajo la premisa de la integridad territorial, no la autodeterminación de los isleños. Y tal vez lo peor: perder mucho de nuestra dignidad.
El otro, es el final de la película “El secreto de sus ojos” y la flojedad moral de los seres humanos -me apresuro a incluirme- cuando vemos formas de justicia que escapan a los cánones de la regla. Seguramente para Trump, el chavismo y los poderosos intereses económicos que los respaldan, el cambio de gobierno de Venezuela será, apenas, un poco más que cosmético. Para los millones de venezolanos y personas de bien que creen en la Democracia, será, apenas, una dura bienvenida al mundo real.


