InicioInfo generalAbrir un diario es un poco como prender una radio sin saber...

Abrir un diario es un poco como prender una radio sin saber qué va a sonar

 

Abrir un diario es un poco como prender una radio sin saber qué va a sonar

Por Martín Seid

Soy Martín Seid, de Buenos Aires, y uno de los directores de Almacén de Podcast, una productora audiovisual donde hacemos podcasts bastante a contramano de esta época: historias largas, conversaciones, escucha, formatos con espíritu de vieja radio AM, donde la propuesta no es correr detrás de lo inmediato sino sentarse a escuchar algo que quizás uno no fue a buscar.

Hace unos días me fui a Mendoza con Flor, mi pareja, y un grupo de amigos. Plan clásico y hermoso: bodegas, olivares, buena comida, caminatas y esa costumbre bastante conocida de creer que apenas uno sale de su ciudad descubre automáticamente una mejor manera de vivir.

Porque pasa seguido.

Uno llega a un lugar donde todo parece ir un poco más despacio y enseguida aparece la frase:

«Yo me mudaría a vivir acá.»

Que el aire es distinto. Que la gente vive mejor. Que acá sí se disfruta. Que allá la locura se volvió insoportable.

Y siempre me pregunto cuánto de eso es realmente el lugar y cuánto tiene que ver con lo que cada uno decide hacer con su tiempo.

Porque muchas veces no vivimos apurados porque alguien nos obliga.

Vivimos apurados porque nos acostumbramos.

Porque pareciera que siempre hay que llegar antes a algún lado, aunque no esté del todo claro adónde.

Y porque además existe una ansiedad bastante silenciosa que se alimenta sola: mirar cómo viven otros, compararse, creer que siempre hay una versión mejor de la vida ocurriendo en otra parte.

Así cualquier ciudad pierde.

Por recomendación fuimos a comer a Chacras de Coria, a Cantina La Gloria. Gran lugar. Gran comida. De esos sitios donde uno siente que todo está bien puesto, sin necesidad de exagerar nada.

Al salir decidimos caminar unas cuadras para bajar la comida.

Y ahí apareció.

Gigante, frente a la plaza.

La tapa de Correveidile.

Solo el nombre ya me ganó.

Tengo una costumbre cuando viajo: escuchar radios locales. En el auto, con una radio portátil, donde sea. También me gusta prestar atención a las publicidades. Sí, las publicidades. Porque dicen mucho de un lugar. Hablan de lo que preocupa, de lo que se vende, de cómo habla la gente, de qué temas circulan.

Por eso ver un diario local ahí, tan presente, me encantó.

A pocos metros estaba el kiosco.

Cuando me tocó el turno, pedí el Correveidile.

El hombre que atendía me miró y preguntó, con total naturalidad:

—¿Para asado?

Me causó gracia.

Después entendí perfectamente.

Pero no era mi caso.

Era para leerlo.

Porque leer papel sigue siendo una experiencia singular.

No porque el pasado haya sido mejor.

No porque esto sea una batalla entre lo digital y lo analógico.

Simplemente porque propone otra relación con el tiempo.

Un diario no compite por capturar tu atención cada tres segundos.

No intenta adivinar qué querés consumir según lo último que miraste.

No te muestra más de lo mismo porque un algoritmo cree conocerte.

Te propone un recorrido.

Y eso, en estos tiempos, no es poco.

Abrir un diario es un poco como prender una radio sin saber qué va a sonar.

Hay algo muy saludable en eso.

En encontrarte con noticias que no fuiste a buscar.

Con historias que quizás jamás hubieras cliqueado.

Con publicidades que también cuentan algo.

Con cumpleaños de vecinos.

Con fotos de gente del lugar.

Con una comunidad narrándose a sí misma.

Y ahí pensé algo bastante simple.

Quizás el problema no es Buenos Aires.

Ni Mendoza.

Ni ninguna ciudad.

Quizás el problema aparece cuando convertimos la velocidad en una obligación autoimpuesta.

Cuando creemos que vivir mejor siempre está en otro lado.

Cuando mirar demasiado cómo viven otros termina generando una presión innecesaria.

Porque muchas veces las redes no muestran vida.

Muestran escenas editadas de vida.

Y si uno consume eso sin filtro, siempre va a sentir que llega tarde.

No hace falta mudarse para vivir distinto.

A veces alcanza con recuperar pequeños rituales.

Preparar un mate.

Escuchar una radio.

Abrir un diario.

Darse veinte minutos.

Y después sí.

Que venga todo lo demás.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Must Read

spot_img