Llora Messi y lloramos todos
El capitán argentino no pudo contener las lágrimas tras la caída en la final. Al mismo tiempo desde las tribunas era ovacionado por los hinchas
Por Luciana Rubinska .Infobae

Hay un instante en el que el fútbol deja de importar. O, mejor dicho, en el que el resultado queda suspendido por algo infinitamente más grande. El tablero marca que España es campeón del mundo. Los españoles festejan. La copa ya cambió de manos. Pero en un rincón del MetLife Stadium se está jugando otra despedida.
Lionel Messi levanta la mirada hacia una tribuna que no deja de cantarle. Es el mismo estadio donde hace exactamente diez años creyó que todo había terminado. El mismo lugar donde, devastado por la tercera final consecutiva perdida con la Selección, anunció que renunciaba porque sentía que la camiseta argentina no era para él. Allí mismo aprendimos que hasta el más grande podía romperse. Y que la grandeza no estaba en no caerse, sino en volver a levantarse.
Volvió. Y cómo volvió: para ganar la Copa América en dos oportunidades, para conquistar la Finalissima, para tocar el cielo en Qatar. Pero lo más importante: volvió para transformar la frustración en la historia más hermosa que haya escrito un futbolista con la camiseta argentina. Y volvió una vez más, con 39 años, para disputar una tercera final mundialista. Parecía imposible. Lo hizo parecer natural.
Pero hasta las historias más extraordinarias encuentran un punto final.
Messi mira otra vez hacia la tribuna. Busca esas caras que durante casi dos décadas viajaron detrás suyo por todos los rincones del planeta. Los que lo defendieron cuando lo criticaban. Los que lo abrazaron cuando lloró. Los que crecieron con él. Los que aprendieron a medir el paso del tiempo viendo cambiar el número de sus Mundiales: Alemania 2006, Sudáfrica 2010, Brasil 2014, Rusia 2018, Qatar 2022 y Estados Unidos, México y Canadá 2026. Seis Copas del Mundo. Veinte años. Toda una vida.
Intenta sostenerse. Respira hondo. Aprieta los labios. Pero hay emociones que ningún campeón puede controlar. Las lágrimas empiezan a caer. Primero tímidas. Después inevitables. Ya no hay manera de contenerlas. El capitán se quiebra. El llanto no nace de la frustración de sentir que quedó una deuda pendiente sino porque ya no habrá otra oportunidad.
Y entonces lloramos todos. Porque estamos viendo al futbolista que nos enseñó que el talento podía convivir con el sufrimiento. Al que cargó durante años con una mochila imposible hasta convertirla en una corona. Al que transformó la palabra “fracaso” en la mayor historia de resiliencia que haya conocido el deporte argentino.
Por eso duele tanto esta derrota. Porque Argentina fue superada por España, el sueño de despedirte levantando otra Copa del Mundo quedó inconcluso y porque queríamos un final perfecto para una carrera que desafió cualquier parámetro imaginable.
No pudo ser. Y sin embargo cuesta pensar que el verdadero final sea este resultado. Es el cierre de una era irrepetible. Hay chicos que nunca conocieron una Selección sin Messi. Hay adultos que ordenaron sus recuerdos futboleros alrededor de sus Mundiales. Hay padres que hoy abrazan a hijos que solo aprendieron a amar esta camiseta viéndolo jugar a él.
Messi sigue mirando a la gente. La gente sigue mirándolo a él. Como si ninguno quisiera ser el primero en despedirse. Hay despedidas que uno nunca está preparado para vivir. Esta es una de ellas.
Los círculos empiezan a cerrarse. En el mismo rincón donde una vez creyó que todo había terminado, termina de verdad su recorrido mundialista. Pero esta vez no se va derrotado. Se va siendo eterno.


