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Dios, Masa y Cadena

Del culto al héroe a la violencia tribal

Por G. Dixit
Hay una pregunta que el Mundial 2026 obliga a hacerse: ¿por qué millones de
personas sienten que el destino de una pelota determina el suyo? Como con la
Astrología: La respuesta no está en el estadio. Está afuera.
La sensatez sin pasión dicta: Si Argentina Gana, no sucede nada. Si gana Inglaterra,
tampoco sucede nada. Pero estamos en e Mundo de las proyecciones. En los
simbolismos. En el Mundo del Reves.
En un mundo donde las corporaciones suplantaron a los Estados y el algoritmo
reemplazó a la plaza pública, el partido es el último rito donde la descarga emocional
tiene forma, reglas y un resultado verificable. Freud llamó suspensión del principio de
realidad al acuerdo tácito que acepta el espectador: que eso que ocurre en el
rectángulo verde importa tanto como la vida. Aristóteles llamó catarsis a lo que viene
después. Carlyle describió la aniquilación transitoria del yo en la masa. Los tres
hablaban de lo mismo: higiene social institucionalizada. Los griegos ya lo habían
comprendido al crear simultáneamente el teatro y los Juegos Olímpicos —simulacros
bélicos para que nadie tuviera que matarse de verdad.
Pero la válvula tiene condiciones. La primera: que las reglas parezcan justas.
La FIFA modificó a último momento la norma de «confusión de identidad» del VAR, y el
caso Embolo (jugador del equipo de fútbol de Suiza) expuso el resultado. El árbitro
Pinheiro amonestó a Paredes por una caída que no tocó a nadie; el VAR corrigió la
identidad del sancionado y Embolo se fue expulsado por simulación. La paradoja es
obscena: si Pinheiro no se hubiera equivocado, el VAR carecía de competencia para
actuar. La simulación perfecta se castiga; la burda, queda impune. El equivalente
exacto a arrestar solo a los falsificadores cuyos billetes son indistinguibles de los
originales. Para colmo, el partido se reanudó con tiro libre directo cuando correspondía
indirecto por simulación. Si el árbitro no entiende la regla que aplicó, la fe en el juego se
erosiona y la catarsis sana muta en frustración acumulada.

La segunda condición es el héroe. Las masas necesitan un foco de proyección. Messi
no es solo un futbolista extraordinario: es un dios portátil en un tiempo sin dioses
estables. Cuando en el minuto 112 inició la jugada que terminaría en el gol de Julián
Álvarez contra Suiza —rebote de Kobel, conservación de López, definición al ángulo—,
la descarga emocional colectiva fue colosal. El culto a la persona no es un defecto
psicológico; es una respuesta adaptativa de una sociedad que necesita creer en algo
verificable. Carlyle lo entendía: las masas fabrican héroes porque los dioses
institucionales —el Estado, la Iglesia, los partidos— llevan décadas fallando.
El problema llega cuando esa proyección pierde su forma contenida.
Umberto Eco describió al fanático con precisión quirúrgica: es el que sufre de ceguera
de la alteridad. Su Cosmovision (la enciclopedia del Mundo) es muy limitada. No puede
concebir que otra persona no habite su misma galaxia cognitiva. Lo llama chauvinismo
ecuménico: creer que todos los hombres son “absolutamente” iguales y estar
simultáneamente dispuesto a partirle la cabeza al hincha de la provincia vecina, o la
persona que esta al lado. Es una fraternidad violenta y selectiva que usa el fútbol para
canalizar neurosis de existencias vacías.
La barra brava es ese fanático sin el barniz social. Es un lugar de pertenencia. El
cavernícola que llegamos adentro y que solo, parece, se controla con Educación de un
acuerdo de convivencia en sociedad. La violencia verbal o física, es la descarga sin el
pacto, la violencia como identidad tribal, la camiseta como divisa de guerra. La catarsis
aristotélica necesita una forma —el juego, sus reglas – su resultado. La barra brava
destruye esa forma y se queda con el residuo: la agresión pura.
Eduardo Sartelli lo nombra desde adentro, como soldado que no combatió en las Islas
Malvinas, pero presenció el horror de quienes sí lo hicieron: ese «nacionalismo de
pelotita» que se inflama con un partido y enmudece cuando hay que votar, luchar en las
calles o poner freno al despojo. La barra brava es la expresión más honesta —y más
patética— de ese mismo patrón: energía enorme descargada en la dirección que no
duele a nadie con poder real. Sin resultados pero con consecuencias.
El clásico (partido de fútbol de la selección Argentina ) contra Inglaterra se acerca. La
mitología lo precede. Si las corporaciones, las apuestas globales y los reglamentos
absurdos siguen destruyendo el principio de incertidumbre que hace al fútbol real, se
llevará puesto algo más que un partido. Destruirán la última válvula de seguridad social
institucionalizada. Y la olla, sin contención, desbordará las calles.
Donde las tarjetas del VAR no tienen ninguna vigencia.
Si Argentina Gana, no sucede nada. Si gana Inglaterra tampoco sucede nada.

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