Por Eliana Bómida*
Recientemente en Rioja, España, diversos sectores de la capital de La Rioja Alta alzaron sus voces en contra de un proyecto de la empresa Red Eléctrica, que ha instalado decenas de torres de alta tensión, de unos 40 metros cada una. Las mismas arrasan un paisaje de alto valor ambiental, un conjunto de viñedos históricos entre Anguciana y Briñas, muy cerca de Haro. El hecho fue catalogado “una barbaridad” por bodegas, viticultores, comercio, hostelería, empresas turísticas y de naturaleza, además de artistas y vecinos que se movilizaron de forma espontánea, según lo publicó el diario La Rioja.
Se trata de un “atentado” contra un paisaje histórico, que en los últimos años se ha convertido además en una de las principales fuentes de ingresos de la región, dice la publicación, y comenta que directivos de distintas empresas han comentado la pujanza del enoturismo en el desarrollo económico de la zona, advirtiendo que turistas y aficionados al vino quieren cada vez más conocer los viñedos.
A propósito de estas polémicas –que se instalan por sus consecuencias sobre el medio ambiente, el paisaje y también la salud, donde el impacto de instalaciones de este tipo van más allá que lo ambiental o natural, afectando especialmente en lo económico y social-, nos interesa citar especialmente a Mendoza.
Esta provincia hoy tiene una posición destacada en el mundo de los vinos y del turismo. Sabemos del movimiento de esta multitud de visitantes por todas partes que vemos a día a día y no dejan de sorprendernos la cantidad y calidad de publicaciones que en ese sentido hacen referencia a nuestra provincia. Esta situación está provocando cambios acelerados, que nos obligan a estar optimistas, pero a la vez alerta. Tenemos que hacer las cosas bien y para eso debemos pensarlas y verificarlas desde distintos puntos de vista.
En el siglo XIX, por su novedad, la incorporación de las infraestructuras al paisaje fue vista como un signo de progreso y valorada favorablemente. Hoy ya no es así. La valoración del medioambiente y el respeto por el paisaje natural y productivo requieren nuevas consideraciones a la hora de definir sus trazados. En especial en casos como Mendoza, que debe ostentar paisajes impecables, que denoten, de manera irrefutable, su conciencia medioambiental.
El concepto de paisaje ha cambiado mucho recientemente, desde que los postulados medioambientales se volvieron prioritarios, como faros hacia un futuro mejor. Paisaje productivo, medioambiente, calidad de vida, espacio público-espacio privado, sustentabilidad, turismo agrario, cadenas socio productivas, arraigo de población rural, son términos que giran en la nueva órbita del concepto contemporáneo de “Paisaje”. Hoy “Paisaje” no es solamente una vista que se aprecia como un cuadro; también es un escenario significante. Un paisaje dice cosas, transparenta situaciones, revela problemáticas. Si se lo interpreta como tal, surge a través de su lectura una maraña de interrelaciones entre las cosas que lo componen. Interrelaciones reveladoras de situaciones que viven las sociedades dueñas o productoras de esos paisajes.
Mendoza se prepara para un futuro próximo de mayor posicionamiento internacional en materia de turismo y agricultura. Y esto debe redituar en riqueza y en calidad de vida para todos. El paisaje rural, entendido en sentido contemporáneo, debe estar en el centro de nuestra atención. Porque denota quiénes somos, cómo somos, cuáles son nuestros valores, nuestras ideas, nuestras verdaderas intenciones. La interpretación del paisaje nos desnuda frente a la vista de todos (incluso de nosotros mismos). Y también nos permite detectar, reflexionar y actuar.
Es conveniente que el tema del cuidado del paisaje, en cuanto espacio público y espacio privado, pase a primer plano de consideración. Que se informe, se explique, se debata, para que nos aseguremos de estar haciendo lo mejor. En este sentido comencemos por preguntarnos acerca de los tendidos de alta tensión, que con sus torres y sus estaciones transformadoras cruzan e impactan agresivamente nuestros paisajes productivos en algunos de sus mejores sitios. Eso denota que algo no está ordenado, que algo funciona mal en la interrelación de las instituciones y los entes que velan por nuestro desarrollo y nuestro bien común.
¿Estarán actualizados en sus conocimientos los responsables de estos proyectos de infraestructuras que tanto afectan nuestros paisajes naturales y productivos? Tal vez nunca se han dado cuenta de que están matando “la gallina de los huevos de oro”.
* Arquitecta del Estudio Bórmida & Yanzón.

