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DERROCHE DE AGUA y SEQUÍA

 

El 22 de noviembre pasado, diario Los Andes dedicó su editorial al V Congreso Internacional “Agua para el futuro”, planteando que la reunión que se llevaría a cabo en Mendoza los días 3 y 4 de diciembre, a través de sus asistentes: especialistas en el recurso hídrico, responsables políticos, investigadores y representantes de organizaciones de la sociedad civil, dejaría conocimientos y propuestas en cuanto a una más equitativa distribución entre todos los habitantes de un país.

 

Ya en esta primera visión del tema AGUA y su FUTURO, se vuelve a cometer el eterno error de confundir el “recurso hídrico” en general (agua dulce y su disponibilidad) con el “agua potable”, un producto industrial, derivado de aquella, tras largos procesos de decantación, clarificación, desinfección y traslado a través de cañerías subterráneas hasta las canillas que cada usuario posee en su casa.

 

Debemos recordar que sólo el 2,5 % del agua existente en el planeta Tierra es “dulce” (el resto, es decir el 97,5 % es agua salada de mares y océanos), y de aquella agua, casi el 70 % está congelada en glaciares y casquetes polares. Ya esa situación de escasez, nos da la pauta de lo complicado que es que los casi 8.000 millones de habitantes del planeta puedan tener y disponer de toda el agua que quieran, para los diferentes usos que el ser humano de hoy necesita (alimentación, higiene propia, del hogar, de su entorno, industrial y comercial, producción agropecuaria, refrigeración de centros informáticos y generación de diferentes energías, actividades recreativas y turismo, etc.). A esa escasez, debe sumarse la grave desigualdad de su disponibilidad en los diversos continentes.

 

Y de todos esos usos que le da el ser humano al recurso hídrico, el agua potable (que incluye su uso también para disponer los desagües cloacales de cada vivienda conectada a redes, también subterráneas, que transportan tales desechos a plantas específicas para su depuración y posterior reuso) solo toma el 10 % del agua dulce (sea de ríos, lagos o subterránea). El 90 % restante se deriva a consumos agropecuarios, industriales y energéticos.

 

Si bien el agua potable tiene un costo superior al agua dulce (la que solo tiene costos por su captación y transporte hacia los lugares de uso), y por tanto no debiera desperdiciarse, ni mal usarse, en aspectos de un “ahorro masivo” de agua dulce, debido a su escasez por el cambio climático (períodos de nevadas reducidas, derretimientos extraordinarios de glaciares, etc.) no es en el 10 % del uso donde debe apuntarse el control y la prevención, sino sobre los grandes usuarios, es decir el 90 % que contempla los otros usos. Si el recurso hídrico tuviera un valor de 1.000, el 10 % de uso humano significaría 100. Y si sobre esos 100 se ejerciera un control a través de multas, micro medición, etc., el ahorro que se obtendría sería muy inferior a que si se optimizasen los 900 restantes de los otros usos o consumos.

 

No sólo se cometió un error al minimizar y eliminar la acción del ente regulador EPAS, sino que se ha desvalorizado la importancia del sector sanitario (agua potable y desagües cloacales), al subsumirlo dentro de la superestructura que ya poseía el Departamento General de Irrigación.

 

La cultura hídrica del mendocino se centró siempre sobre el “agua natural o agua dulce” que usaron sus ancestros para transformar el desierto en un amplio oasis, aunque su superficie nunca llegó a sobrepasar el 3 % de la superficie total de la Provincia, y no el “agua potable”, que desde un punto de vista urbano y de salubridad, le dio mayor comodidad y calidad de vida.

 

A través del paso del tiempo, el éxodo campo-ciudad, el desarrollo de nuevas tecnologías y la incidencia, generalmente nefasta, que ejerce el ser humano sobre el planeta, se hace más evidente la necesidad de rever dónde debe apuntarse para que la escasez del recurso hídrico, además del cuidado de su sostenibilidad, no se transforme en la causa básica de futuras guerras.

 

Y no sólo debieran reverse objetivos y actores sobre quienes actuar para preservar el recurso hídrico, sino también aprender de los errores cometidos previamente. Por lo general la administración de este recurso depende de técnicos especializados, dedicados con exclusividad al tema. No obstante, los organismos dedicados a tal fin, han sido comandados por niveles políticos de turno, sin ninguna o escasa preparación. La toma de decisiones por esos niveles, en muchas oportunidades ha sido nefasta, sin embargo, las graves consecuencias derivadas de ellas, no fueron juzgadas, y menos sancionadas. Daría la impresión que para los argentinos el ser corruptos o tomar malas decisiones es sólo una chiquilinada.

 

 

Ing. Ricardo R. Claverol

 

Ingeniero civil, jubilado, ex funcionario de nivel gerencial en empresas de servicios del Estado y Ente Regulador. Ex profesor universitario en la FRM, UTN.

 

 

 

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