En esa esquina, donde antes se mezclaban las charlas de la verdulería y el kiosco con el aroma de las empanadas y los pollos a las brasas de Los Primos -luego de Corina-, hoy resuenan las máquinas y el polvo de la transformación. La vieja y angosta veredita, marcada por los pasos de los clientes de los antiguos negocios de don Herrera, cede su lugar a las nuevas aceras. Se extingue la sombra de los viejos árboles. Y, sin embargo, aunque desaparezcan las acequias de tierra tan nuestras y el viejo asfalto se vista de prolijos adoquines, aunque el cambio traiga consigo modernidad y promesas de ordenamiento urbanístico, el espíritu de esa esquina —testigo de tantas historias— seguirá vivo como hito icónico de nuestro pueblo.

