Espacio cultural en el pedemonte
En el suplemento de Arquitectura de Correveidile de octubre-noviembre de 2011 No 118, pudimos leer la nota titulada LA ARQUITECTURA COMO ESCULTURA HABITABLE, tesis de grado de Cristóbal Farmache Delhez.
La tesis presenta la creación de un museo en el pedemonte con doble función: albergar la obra de su abuelo, uno de los más grandes xilógrafos del país, y ser la sede del Museo Nacional del Grabado.
Miramos una y otra vez la silueta del edificio sin poder dejar de imaginar una nave espacial, una gigantesca, blanca nave espacial levitando en las alturas.
La “nave”, bellísima en sí misma, tiene la función de albergar la magia Delheziana del grabado.
Poco a poco entonces pensamos: ¿qué otro lugar podría contener, castillos circulares, catedrales góticas en alturas demenciales, oscuros laberintos, pesadillas históricas, el hombre y el campo, la Cruz del Señor y el labriego, esqueletos, calaveras colgadas en altísimas escaleras, velas y tules?
El tiempo retrocede o nosotros en el tiempo.
Otra vez percibimos el viento que se llevó nuestra adolescencia y podemos evocar la figura medieval, casi gótica, de Victor Delhez en nuestro Chacras del Asombro, casi una figura más de la galería de personajes deslizados de la fina tinta negra y enredados entre múltiples palomas y techos barrocos de ciudades fantasmales que el Maestro creaba en sus grabados.
¿Qué otro lugar podría elegir su obra para descansar, que no fuera la construcción arquitectónica, la geometría de un ensueño, imaginada por un nieto que seguramente lo percibe en la dimensión de los arcángeles ?
En un pedemonte abierto, vislumbramos la magia desatada, el misterio de sombras reproductoras del infinito humano.
La nave-paloma descansa en los cerros, envuelta en distancia y en luz, resbalando blancura en el entorno, casi “una piedra del cielo” hecha refugio, celestial ceniza convertida en abrigo, americana formación donde un museo protegerá la universalidad de una obra en blanco y negro , belga inspiración del misterio.
La nave parece exudar fragancia de ayer, olor a tiempo, salud silvestre.
El Asombro del lugar toca nuestro hombro izquierdo y nos hace rememorar la didáctica mirada del viejo profesor en sus “Retratos de Chacras de Coria”, por los que aprendimos a descubrir la increíble singularidad de los rostros de “los simples” del pueblo, como El Mudo, El Borracho, Doña Pascua, El Verdulero, El Médico, una galería dostoievskiana de vecinos. Aquellos retratos constituyeron una de las más finas clases de Estética recibida por nuestro espíritu.
El espíritu del artista estará encantado al poder deambular entre sus creaciones, subiendo y bajando el nivel que separa las salas, caminando las rampas, sorteando fantasmas.
Vuelve a nuestra memoria el rostro con barba, recordándonos siempre a Walt Whitman , cuando lo mirábamos, siendo jóvenes estudiantes y viajando en el mismo eterno ómnibus de la CITA , mirándolo de reojo, casi asustados , idolatrando su silencio y su lectura que duraba una hora de ida y una hora de vuelta.
Nos parecía irreal, salido de un cuento y el hecho de vivir en un predio al que se accede sólo caminando, sin transporte permitido , nos lo hacía más misterioso aún.
Aunque el viento de los cerros bajos se llevó su figura patriarcal, una construcción inefable guardará su obra para deleite de los nuevos.
Allí nada podrá disolverse en el tiempo, nada quedará invisible en este palacio guardián de su tinta y del fulgor de sus instalaciones. Veremos lo que no perdimos, calles, tierras, frío, plaza de las flores, el perpetuo socorro hecho capilla blanca, rostros pueblerinos de los humildes, cantos rodados en el suelo. Todo será una presencia inmóvil rodeada por el silencio y la voz de la poesía correrá por los pasillos para acompañar tanto refugio. Será la morada del Ensueño sin dudarlo.
Arte y genio han vuelto juntos en la figura de un nieto que permite rescatar el poder tocar la madera, oler la piedra, atravesar la escarcha y el negro de sus tintas.
Onelia Cobos

