miércoles, abril 29, 2026
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Sobre el juramento de García de Luca

El número pasado se publicó la versión de García de Luca sobre el misterioso caso que Sosa Baccarelli relató en su cuento El secreto de Segundo Barros. Desde San Luis ha llegado una versión algo diferente de los hechos. Intrincada trama la de la realidad que urde casi caprichosamente los hechos y los pierde para siempre en la profundidad del tiempo. Así es como, de lo ocurrido, sólo tenemos un cuerpo, una desaparición, algunos datos sueltos y tres versiones que seguramente acabarán siendo algunas más.

Sobre el juramento de García de Luca

Por Rodolfo Arias

El juramento de García de Luca sobre el caso Barros merece una mención particular, más apropiado sería dar una explicación pero ello resultaría imposible. Los jueces cometieron un grave error. Menospreciaron el buen nombre del testigo y sobrestimaron su demencia, desconocían que sus palabras no se veían afectadas por su insanidad. Este solemne loco no se permite la mentira, entreteje verdades con incongruencias, pero no mentiras; ahí radica, opino yo, el éxito de su profesión: la poesía. García de Luca no había faltado a la verdad.

Que Segundo Barros haya sido un vecino de hábitos poco convencionales sí da crédito a las fantasiosas hipótesis que la policía barajó. El hecho de ser colombófilo de profesión y llegar a sustentarse de dicha práctica, es ya motivo de sospecha. Las versiones sobre la desaparición de Barros no estaban alejadas de la realidad. Su profesión, aunque remunerativa, no permitía cubrir la totalidad de sus gastos; los números rojos llegaron a dificultarle la respiración pero nunca fueron motivo de asfixia. Una trágica muerte en la manzana contigua tuvo a Barros indirectamente implicado; algunas de sus inexpertas aves irrumpieron en el jardín de Estela Cruz Oviedo, ornitofóbica en demasía, y el encuentro resultó mortal, pero fútil para el caso.

Ciertamente no concuerdo con los escritos de Sosa Baccarelli, quien consideró todas estas versiones como fantásticas y equivocadamente se mofó de ellas. Este hombre, en verdad, al progresar en sus estudios de las leyes se acerca más al éxito en sus aficiones: la poesía y el tango. Un hecho crucial en la vida de Segundo Barros arroja luz a la cuarta versión sobre su desaparición: la relación de éste con su hermanastra María Eugenia Montalvo. Hubo un componente amoroso y prohibido, ya que ambos trascendieron el parentesco, más de una vez, con mutuo consentimiento. Aún cuando Montalvo confesaba su atracción por Máximo Sosa-Volantinelli.

El 7 de octubre de 1963 fallecería María Eugenia Montalvo. El perito médico que examinó el cuerpo determinó la causa: asfixia por inhalación de tricholyse. La inconclusa intervención del Dr. Furchet durante el juramento de García de Luca hubiera sido relevante, habría de mencionar que el deceso de Montalvo por inhalación era poco probable (se precisan grandes cantidades y largas horas de exposición al tóxico) y que el envenenamiento era más lógico, se trataba pues de un homicidio, un crimen que lo adivino pasional. Confío que la pericia del Dr. Marianetti me daría la razón.

Durante seis días la calumnia y la injuria se encargaron de hacer de Segundo Barros autor de este crimen; hasta esa fatídica mañana del 13 de octubre, en la que una cefalea psicosomática y un desayuno mal tomado hicieron de Barros un hombre distraído, y esto lo llevaría a su muerte. Sus sospechas eran correctas, algo andaba mal, esto lo notó por la excesiva efervescencia de la sustancia equivocada que compró en la farmacia que al combinarla con agua oxigenada liberó grandes cantidades de amoniaco, que al inhalar sus vapores gatillaron una demencia lo suficientemente momentánea para convencer a Barros de huir y acabar con su vida, en un paraje desconocido.

Estos hechos, y sus interrelaciones, eran bien conocidos por varios vecinos y personas allegadas a Segundo Barros; sin embargo, fueron ignorados por los magistrados por su incredulidad y encarcelaron a Sosa-Volantinelli, que bien conocían la enemistad de éste con Barros. Al solicitar que García de Luca declarara, éste supo actuar consecuentemente para decir la verdad y evitar, al mismo tiempo, próximas citaciones. Cómo bien se dijo, su testimonio no agregó nada, cumplió con su cometido; obviamente su locura es su método, o en su método está la locura. Independientemente de esto, sus últimas palabras son relevantes:

“Por eso creo que lo de Sosa-Volantinelli es una injusticia. Han detenido a un inocente.”

En efecto era una injusticia, pues Sosa-Volantinelli era inocente, al menos en el caso Barros. La suerte de este hombre queda en manos del lector.

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