viernes, abril 24, 2026
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Microrelatos

A la altura de la piedra pintada

Rulo Caba

Escritor y docente

El cielo gris de otoño le trajo a Juana el recuerdo de su abuela Margarita: las manos con harina, la risa que se mezclaba con el vapor de las pastas de domingo. En Chacras, esas cosas quedaban pegadas a las paredes, como si el aire las guardara.

Tomó su bicicleta, la misma de cuando era niña. Pedaleó por Medrano, esa calle estrecha donde las casonas viejas conviven con frentes nuevos y silencios distintos. Esquivó camionetas enormes que parecían no ver nada más que su propio reflejo. Al llegar a la Piedra Pintada, frenó despacio. Siempre sintió que ese lugar marcaba un umbral.

Entre una acequia y un portón alto, apareció la casa de adobe de su abuela. En el frente, un cartel: Se vende. Dueño directo. Abajo, el número de su padre.

Al entrar, el silencio la envolvió. Recorrió las salas despacio, como si la casa pudiera quebrarse. Algunos portarretratos seguían en la pared. Y el olor. Arroz con leche, leve, persistente, como si alguien hubiera abierto la olla hace un instante.

Juana cerró los ojos y dejó que el perfume la atravesara. Sonrió. —Gracias, abuela.

Rulo Caba

Escritor y docente

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