Anecdotario breve de un médico rural
Por José E. Marianetti
Transitábamos 1969. Angustiado, no conseguía trabajo en ninguna parte. La “caza de brujas” había comenzado ya hacía mucho tiempo -1943- y las cosas se ponían cada vez peor. Conseguí, por fin, trabajo como médico de guardia en la acreditada Clínica Luján, cuyos propietarios, los doctores Amadeo Freire, Álvarez y Rafael Marianetti, después de una formal entrevista, me aceptaron.
Transcurría el verano. Un joven de dieciocho años había entrado hacía poco como secretario del establecimiento.
Esa noche charlábamos con él cuando de pronto nos sacudió el sonido estridente del teléfono.
Debo decir que en ese entonces no sólo se atendía en la clínica, sino que también se hacían llamados a domicilio, a veces a lugares bastante alejados, como Carrizal, Ugarteche, Potrerillos, Maipú, Agrelo, Perdriel.
“Hay un llamado de la Policía de Agrelo, Doc. Dicen que nos esperará un hombre con un sol de noche. Permítame que lo acompañe. Usted es medio chicato y por allá es más oscuro que boca e’lobo”. ¡”Cómo no, pibe, vamos!”.
Así, montamos mi Renault Dauphine y emprendimos viaje. Kilómetros más tarde, divisamos la luz en la banquina.
“Buenas, ¿usted es el doctor?” “¡Sí!” respondí- “Bueno, vamos”- “¿Hacia dónde?” pregunté.
“Y…hay que meterse por los médanos unos cinco kilómetros” dijo el hombre. Ricardo se encogió de hombros y partimos.
Finalmente, ya dentro de una gran extensión de viñedos, se veía al fondo la luz de la casa de contratista donde íbamos.
Al oscuro, solo disipado en parte por una débil luz de linterna, llegamos a la casa. Después de haber saltado una acequia y atravesado el patio nos recibieron dos señoras, que después supe, eran la suegra y la madre del paciente que debía asistir.
A poco de entrar en la habitación, no tardé en llegar al diagnóstico. Se trataba de un joven alérgico que padecía en ese momento un edema angioneurótico o enfermedad de Quinlke. En criollo, el pibe no podía respirar, se asfixiaba. Y con sus ojos desorbitados pedía auxilio.
Mientras lo revisaba, había percibido una puja entre ambas mujeres, que abrían y cerraban enormes roperos, sacaban ropas y llenaban bolsos.
Al terminar mi examen, dije: “Señoras, a este chico hay que internarlo de urgencia, para efectuarle una traqueotomía”.
“Vaya subiéndose al auto, Doc. Guarda con la acequia”, dijo Ricardo.
Di media vuelta, me metí al coche y esperé. Luego de instantes, sentí como se abrían y cerraban las puertas traseras del coche. Ricardo estaba ya conmigo, sentado adelante. Entonces pregunté: “¿Estamos listos?”. Al asentir ellas, puse en marcha el vehículo.
Después de andar unos cien metros, interrogo: “¿Cómo va el paciente?”. Primero un gélido silencio y luego una andanada de alaridos me advirtieron que las damas, en su apuro por no ser una menos que la otra, habían subido los bolsos al coche y se habían sentado cómodamente, pero habían dejado al paciente abajo.
Una rápida vuelta en “U” enfocó nuevamente la casa. Debajo del parral, en paños menores el paciente se hacía ver.
Solucionado el problema llegamos, por fín, a la clínica, se actuó según arte y el paciente sanó.
Es interesante constatar cómo cuántas veces la angustia desorganiza la conducta de tal modo que uno no sabe lo que hace.

