El vernissage del encuentro y otros relatos en las palabras de Luis Jait.
Por Luis Jait
Se dirá así o por puro pretencioso comienzo este relato de la peor manera, ridículo. Bueno, me concedo que la experiencia, qué menos, me agregó confusión.
La calle de la casa de Cecilia tiene dos finales: el del horizonte, siluetas de montañas que hace poco lo guardaron al sol, y el de fin de calle. Vaya a saber el motivo, una gran pared oculta una finca de cerezos, uno los añora, más ahora, en diciembre, deben estar llenos de fruta, qué pena, pero Cecilia lo tuvo en cuenta, pero aún no es el momento de hablar de cerezas.
Si de la casa, líneas limpias, minimalistas, una entrada de escalones grandes con un piso con figuras de colores, sin duda preanuncia lo que viene.
Cecilia, la pintora, luce a puro estruendo, más alta, será por la alegría o ayudan sus zapatones, sonríe mucho y cuando abraza, es un regalo.
La planta baja de su casa, y el patio, se han hecho galería para colgar su obra.
Un gran cuadro recibe, los colores destallan, mucho rojo y amarillo, mujeres del burlesque, contornos confusos, gestos atrevidos, manos que ocultan.
Las frutas, peras enormes, que aún conservan el trazo a lápiz del primer bosquejo, algunas desbordan los límites del cuadro, granadas cortadas a la mitad de límites, como el de las mujeres, imprecisos, con las semillas marcando vaya a saber qué gustos, quizás como el de esas mujeres.
Hay otras mujeres, en colores oscuros, miradas veladas, no se atreven al desnudo, en el patio un gran cuadro de mujeres diáfanas, blancas, angelicales, azules, parecen ser las únicas que ostentan sus ojos, pretendidamente, ingenuos.
De pronto, un lobo furioso, sus ojos, plateados, destellan amenaza, advierte que uno está invadiendo el territorio, que todo lo de allí es suyo, sus mujeres.
Y las otras mujeres, las que deambulan por el espacio, las que son de verdad, parecen haber acordado entre todas producirse mucho, ser delicadamente bellas, estruendosamente perfumadas, definitiva y dolorosamente imposibles.
En el medio de todas un hombre, de parecido indudable con aquel pintor mejicano de amores tempetuosos, las seduce con su hablar extraño y sus risas fuertes, todas giran a su alrededor, otras, sorprenden con sus aros enormes y sus ojos de mirada cautivante
Porque sin duda de esto tratan los cuadros de Cecilia, de cautivar, superar los límites de los marcos, la restricción de las formas y las medidas.
Pequeñas fuentes con cerezas enormes, deliciosas.
El vino sorprende, como es condición de los grandes vinos, untuoso, advierte con sus aromas complejos que se trata de un vino de aquellos, se instala en boca y por supuesto, pide otro copa.
¡Qué buena cosa esta del buen vivir en Chacras de Coria!

