A la lujanina Isabel González Solá le cuesta precisar cuándo empezó a “dedicarse” a la actuación. No porque no lo recuerde, sino porque es una historia difícil de encapsular en un año o un hito concreto.
“Digamos que trabajo de esto desde hace un poquito menos de diez años”, dice la nacida y criada en Chacras de Coria, con una risa suave, como quien aún se sorprende del camino recorrido.
Isa es por estos días una de las actrices argentinas del momento. Su memorable protagónico en Las corrientes, la nueva película de Milagros Mumenthaler que no deja de dar que hablar, la ha llevado a los mejores festivales de cine de la escena internacional. Y quienes ya han tenido la posibilidad de verla en el largometraje interpretando a la exitosa diseñadora de moda Lina (o Cata) no encuentran palabras para definir lo asombroso y perfecto de su interpretación.
Pero su historia de momentos inolvidables empezó en Chacras de Coria, mucho antes de Las corrientes. En una infancia de puertas abiertas, casitas de madera construidas por los niños en el Cerro San Luis y expediciones que parecían épicas. Y sigue, casi sin que ella lo supiera, en las telenovelas que espiaba a escondidas en la casa de las vecinas.
El desafío de echar a andar
A los 19, con una valentía que con los años se volvió más evidente, Isabel armó una valija para salir de Mendoza. Un pasaje a Buenos Aires primero; seis meses de transición, y finalmente ese viaje a Nantes (Francia) que cambió todo.
“Llegué a Francia para aprender francés y trabajar como niñera”, recuerda. Allí la esperaban una familia de panaderos, dos niños que tuvo a su cargo, y una ciudad que la llevó de la mano hacia lo que ya estaba latente en ella: la actuación.
—¿Cómo fue que empezaste a dedicarte a la actuación?
“Fue en Nantes. Ahí tuve el click. Yo ya iba mucho al cine, leía mucho… Pero fue ahí donde me di cuenta de que varias cosas que me interesaban venían por ese lado”.
En Nantes también apareció Odette, una mujer de 80 años que encontró por internet y que marcó su vida. Con ella preparó las primeras escenas en francés, en un pequeño living donde la literatura clásica convivía con el aroma a té y a libros viejos.
“Odette fue un encuentro clave. Con ella hice mis primeros pasos: el idioma, el teatro, el cuerpo diciendo palabras nuevas”, rememora.
Después vino un breve paso de dos años por una escuela de teatro, luego la audición y, finalmente, la llegada a la Escuela Nacional de Estrasburgo. Paso a paso, el escenario de la vida encaminaba a Isabel hacia otro escenario, aquel que siempre estuvo esperándola.
Su primer papel profesional llegó mientras todavía estudiaba en Estrasburgo. Un director la contactó desde París y ella, desconfiada, le pidió a un amigo que se sentara en otra mesa del café por si era una estafa. No lo era. Y así llegó su Nina, en La Gaviota, en una puesta parisina sin escenografía, sostenida solo por el texto y las emociones brutas.
El camino hacia Las Corrientes
Al egresar de la Escuela Nacional de Estrasburgo, el cine entró en su vida de forma casi punk: una película hecha por sus amigos de la escuela, filmada durante cinco años, a los saltos, en locaciones imprevisibles. “Era amateur, pero para mí tenía algo muy lindo: la libertad. Rodábamos en el agua, en el frío, con perros”, recuerda.
Después llegó el primer trabajo profesional en una serie policial francesa, Engranajes. Allí Isa interpretaba a una prisionera, y aquel personaje marcó su primer casting.
—¿Qué te sedujo del cine?
“La cercanía con la vida del personaje. Ponerte la ropa, entrar en ese mundo… es distinto del teatro. Me fascinó ver esa máquina de generar ficción”, reconoce.
El teatro siguió siempre en su vida, constante y vital. Pero el cine comenzó a abrirle nuevas puertas. Pequeños roles, dos películas, luego una tercera con un personaje más importante. Hasta que llegó Las Corrientes, un proyecto que la tomó por sorpresa.
Isabel recibió el guión mientras actuaba Ricardo III, en una ciudad del sur de Francia. Lo leyó en una mañana y se largó a llorar.
“Me tocó algo muy profundo. No sabía por qué. No pasa tan seguido”, dice, bajando un poco la voz como si volviera a ese primer impacto.
—¿Cómo fue el proceso de casting?
“Primero hice una escena filmada por un amigo francés que interpretaba a mi amiga Amalia. ¡Y hablaba pésimo español! Yo me quería morir. Pero después me llamaron para un Zoom, y luego tuve que viajar a Buenos Aires para pasar más escenas.
La película no solo la encontró como protagonista. También la llevó a explorar un territorio íntimo: actuar, por primera vez en muchos años, en su idioma natal.
Hoy, Las Corrientes pasa por los festivales más prestigiosos del mundo y ya hizo historia como una de las pocas producciones iberoamericanas en alcanzar ciertos circuitos internacionales.
Chacras, la capilla y la libertad a la que siempre se vuelve
Cada vez que atisba un recuerdo, Isabel habla de Chacras de Coria como quien abre un cofre de tesoros de la nostalgia.
Nació en la cima del Cerro San Luis, en una casa que alguna vez fue pensada como capilla. Su abuela, la escritora Graciela Maturo, la compró para que su abuelo, el poeta Alfonso González Solá, tuviera un lugar para escribir.
La casa tenía alma, describe Isabel. Una vista vasta, una pileta compartida entre todos los habitantes del Cerro, historias que pasaron de sacerdotes espantados por chicas en bikini hasta bailes y reuniones familiares.
“La capilla es muy importante para mi familia. Y para mí. Cuando vuelvo, siento algo muy fuerte”, dice.
—¿Qué recuerdos nunca se te borran?
“Los de la infancia. Vivíamos con mucha libertad. Íbamos de una casa a otra, jugábamos en el cerro, hacíamos cabañas. Caminábamos por la calle Mitre para ir a la escuela, la Teresa O´Connor”, recuerda con cariño.
A Isa le es imposible no mencionar el videoclub “del Pablo”, en la plaza, donde falsificaban autorizaciones para alquilar películas prohibidas. O a Noemí, la modista de la calle Loria, donde pasaba horas entre telas mientras inventaba diseños. ¡Y “La Perla”, ¡aquel negocio donde compraban pan casero antes de cruzar las vías del tren, ese que recuerda haber visto pasar siendo muy chica!
“Todos los niños salían a saludarlo (al tren), como si fuese un ritual. Era medio familia Ingalls”, dice, riendo. En su memoria aún persisten también el lechero, el señor del queso, y todo ese espíritu de pueblo que ya no existe.
Y la montaña aparece una y otra vez en su relato, casi como un personaje protagónico.
“Es lo que más extraño”, confiesa. “Ese aire, esa vista. A veces acá veo los Pirineos y me pega algo. Pero no es lo mismo”, confiesa. Y, como si estuviese cometiendo un pecado al olvidarlo, menciona a las tortitas de Jebbs como uno de esos tesoros que no olvida (ni olvidará).
Isabel vuelve a Mendoza al menos una vez al año. Un poco por la familia -sus hermanos Ana y Gregorio, y su mamá-. Otro poco porque la montaña sigue latiendo en ella como una brújula interior.
La talentosa actriz mendocina se encuentra actualmente entre rodajes en festivales internacionales y personajes que la atraviesan. Pero cuando habla de su trabajo, de su proceso creativo o de su infancia, siempre vuelve a esa idea: el cuerpo como lugar donde todo se guarda.
Quizás por eso su carrera -como su vida- se mueve así; intensamente, desde adentro, con una fidelidad absoluta a lo que la conmueve.
“Los personajes vienen a despertar cosas que ya están ahí”, dice. Y en su voz se escucha esa mezcla de certeza y misterio que solo tienen quienes actúan no para explicar, sino para revelar.


