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Gobernar en tiempos de incertidumbre

 

La crisis de las ideologías rígidas no es la crisis de los valores

Dr. Alberto Montbrun

alberto.montbrun@gmail.com

Las ciencias de la complejidad cuestionan las ideologías rígidas y proponen un nuevo paradigma para gobernar. Frente a sistemas sociales dinámicos e inciertos, Alberto Montbrun asegura que la política del siglo XXI exige observar, aprender, adaptarse y construir instituciones capaces de responder a una realidad en permanente transformación. “La incertidumbre dejó de ser una falla del conocimiento para convertirse en una característica inherente a estos sistemas”.

 

Desde hace décadas asistimos al fenómeno denominado “crisis de las ideologías rígidas” que acompañó el colapso del colectivismo soviético y el corrimiento del socialismo hacia posiciones más centristas y a la llamada “tercera vía”.  El descrédito de los partidos tradicionales, la volatilidad electoral, el surgimiento de liderazgos disruptivos y la creciente desconfianza hacia las instituciones parecen sugerir que las grandes ideologías del siglo XX han agotado su capacidad para explicar y orientar la realidad.

Pero quizás el problema no resida en los valores que esas corrientes procuran defender. El problema es que las ideologías rígidas, prescriptivas y programáticas se asientan, sin advertirlo y sin reconocerlo, en un paradigma científico que ya ha sido superado. Durante siglos, la política procuró gobernar desde la mejor ciencia disponible. No podía ser de otra manera. El pensamiento de Hobbes se inspiró en la geometría; la Ilustración quedó profundamente marcada por la física newtoniana; el positivismo de Auguste Comte trasladó al estudio de la sociedad la convicción de que también los fenómenos humanos obedecían a leyes objetivas, previsibles y susceptibles de ser descubiertas. El liberalismo, el socialismo, el marxismo e incluso buena parte del constitucionalismo moderno fueron elaborando sus propuestas sobre una misma imagen del mundo: la de un universo comparable a una gran máquina, ordenada por relaciones lineales de causa y efecto, donde conocer las leyes permitía controlar los resultados. Marx denominó a su doctrina “materialismo científico”.

Ese paradigma produjo avances extraordinarios. Dio origen a instituciones sólidas, favoreció el desarrollo del Estado moderno y permitió organizar sociedades cada vez más complejas. Pero también dejó una profunda huella en la forma de pensar la política. Si el mundo funcionaba como un mecanismo, gobernar consistía en diseñar correctamente sus piezas, centralizar las decisiones, planificar desde arriba y corregir cualquier desviación mediante nuevas regulaciones.

Sin embargo, durante el siglo XX la propia ciencia comenzó a cuestionar esa visión. La teoría general de sistemas, la cibernética, la biología evolutiva, la ecología, las ciencias cognitivas y, finalmente, las ciencias de la complejidad mostraron que gran parte de la realidad no se comporta como una máquina, sino como un sistema vivo. Las sociedades, los mercados, los ecosistemas e incluso las instituciones públicas son sistemas adaptativos complejos: evolucionan, aprenden, generan propiedades emergentes y producen respuestas que rara vez pueden predecirse mediante relaciones lineales.

La incertidumbre dejó de ser una falla del conocimiento para convertirse en una característica inherente a estos sistemas. En ellos, pequeñas acciones pueden desencadenar enormes consecuencias, mientras grandes intervenciones producen, en ocasiones, resultados insignificantes o incluso contrarios a los buscados. Gobernar ya no consiste únicamente en controlar, sino también en observar, aprender, adaptarse y crear condiciones para que los propios actores encuentren soluciones.

Sin embargo, buena parte del debate político continúa desarrollándose con categorías heredadas del viejo paradigma positivista. Cambian los nombres de las ideologías, pero persiste la convicción de que existe una explicación única de la realidad, una autoridad capaz de conocer todas las variables relevantes y un conjunto de decisiones centralizadas que resolverán definitivamente los problemas colectivos.

Tal vez allí resida una de las causas más profundas de la crisis contemporánea de las ideologías. No porque hayan perdido vigencia los valores que inspiraron históricamente a muchas de ellas —la libertad, la igualdad, la justicia, la solidaridad, la dignidad humana o la participación democrática— sino porque los modelos intelectuales mediante los cuales intentan concretarlos fueron concebidos para interpretar un mundo mucho más simple y estable que el actual.

Los valores no envejecen con la misma velocidad que las teorías. Son las referencias éticas que orientan a una comunidad y pueden conservar plena vigencia durante generaciones. Lo que necesariamente debe evolucionar son los instrumentos conceptuales y las formas de organización mediante las cuales procuramos hacerlos realidad.

El verdadero desafío político del siglo XXI no consiste entonces en sustituir una ideología por otra, sino en actualizar el fundamento científico desde el cual comprendemos el gobierno, las instituciones y las políticas públicas. Así como las generaciones anteriores gobernaron desde la mejor ciencia disponible en su tiempo, nuestra responsabilidad consiste en hacerlo desde la mejor ciencia disponible en el nuestro.

La política necesita dialogar nuevamente con la ciencia. Pero no con la ciencia del orden absoluto, del control total o de la predicción perfecta. Necesita dialogar con una ciencia que reconoce la complejidad, la incertidumbre, la adaptación y el aprendizaje como rasgos permanentes de los sistemas sociales.

Quizás entonces descubramos que la verdadera renovación democrática no pasa por inventar una nueva ideología, sino por abandonar definitivamente las categorías científicas que dieron origen a las viejas. Las ideologías envejecen cuando dejan de dialogar con la ciencia de su tiempo; los valores perduran porque expresan aquello que una sociedad considera digno de preservar. El siglo XXI no necesita una nueva ideología. Necesita una nueva comprensión científica de la política.

 

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