El recreo de amor que cada cuatro años nos regala el Mundial
Vuelve a ponerse en marcha esa maquinaria de sueños y esperanzas. Vuelven los nervios, las cábalas, los festejos colectivos y los infaltables análisis de ocasión a cargo de cada argentino devenido en especialista. El Mundial de fútbol regresa y, con él, una liturgia conocida: las banderas en los balcones, los pronósticos, las reuniones familiares y las conversaciones que invaden hogares, oficinas, escuelas y cafés.
En nuestro país, este fenómeno adquiere una intensidad particular. El Mundial es, más allá de una competencia deportiva, una experiencia emocional compartida por millones de paisanos.
Quizás allí resida la verdadera fuerza de este acontecimiento: el Mundial nos ofrece algo cada vez más escaso: una historia común. Aunque al otro día volvamos a nuestra complicada cotidianeidad fragmentada y caótica. Disfrutemos, pues, de este recreo de amor entre argentinos.
Llegó el Mundial, vuelve el Ritual
Cada cuatro años el mundo se detiene un ratito para participar de un ritual colectivo que, en nuestro país, trasciende el deporte. Y es que, en Argentina, ese ritual adquiere una dimensión especial. Acá el Mundial es mucho más que una competencia deportiva, es una oportunidad para reconocernos en algo común, en un lenguaje compartido en medio de las diferencias cotidianas que, por algún lapso de tiempo quedan borradas del mapa como por arte de magia. Durante algunas semanas, la vida de los argentinos gira alrededor de una pelota y de una camiseta que representa mucho más que a un equipo. Las ciudades cambian su ritmo. Los comercios ajustan sus horarios, las escuelas acomodan actividades, las familias organizan encuentros. En cada barrio, en cada club y en cada café aparece la misma expectativa. El mundo se detiene: la selección nacional vuelve a convertirse en una suerte de patrimonio emocional colectivo.
Durante esos noventa minutos, millones de personas miran hacia el mismo lugar y comparten las mismas emociones, más allá de los Adornis, la grieta, y nuestros eternos problemas sin aparente solución. Las diferencias políticas, sociales y generacionales quedan en segundo plano. El mundo se concentra en una pantalla y todos los argentinos vuelven a reconocerse en una misma pasión. Y en tiempos donde abundan las fragmentaciones, no deja de ser un hecho extraordinario.
Cada nueva edición nos trae una nueva esperanza. No importa cuántas veces hayamos vivido la misma ceremonia: volvemos a creer. En el equipo, en los héroes que portan la camiseta celeste y blanca y, cómo no, en la posibilidad de que nos traigan a casa la copa y así escribir otra página memorable.
También revivimos recuerdos: los goles inolvidables, alegrías y desilusiones, derrotas, los abrazos y complicidades compartidas con extraños en las calles, en los festejos multitudinarios, todo grabado en la memoria colectiva. Y es que, en nuestro suelo, el Mundial se vive sí en las transmisiones televisivas, pero también y principalmente, en los barrios, los clubes, las escuelas, los cafés y las mesas familiares. Es allí donde el acontecimiento global adquiere una dimensión humana y cercana, conectando a todas las almas que palpitan detrás de una misma ilusión.
Comenzó una nueva edición del Ritual. Y una vez más, millones de argentinos repetiremos el mismo gesto: mirar el reloj, contener la respiración y entregarnos a aquella ilusión. Porque el Mundial, además de un torneo, es una de las pocas ceremonias modernas -si no la única- capaces de reunir a un país entero alrededor de un mismo sueño. Y por un momento creernos unidos, poderosos e invencibles. Aunque al otro día volvamos al barro nuestro de cada día. Disfrutemos, pues, de estos quince minutos de amor.


