lunes, abril 27, 2026
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 ¡Estamos en Vendimia!

 ¡Estamos en Vendimia!

La Vendimia llega cada año como una pausa necesaria en nuestro calendario menduco y en el ánimo de sus protagonistas. Tan insertada está en nuestra mendocinidad, que también nos impregna el alma a todos los habitantes de este suelo por estos días de finales de verano con proyección de otoño. Es mucho más que sólo una fiesta y un ritual heredado: es, sobre todo, el tiempo del logro alcanzado. El momento en que el esfuerzo sostenido durante meses —a veces silencioso, casi invisible— encuentra por fin su sentido. La cosecha no ocurre de un día para el otro: es la culminación de un proceso largo, paciente y profundamente humano. ¡Qué alivio tan grande cuando el último camión descarga en la bodega!

 

Porque detrás de cada racimo hay decisiones tomadas a la sombra del riesgo, días y noches marcados por la angustia del clima incierto, por el granizo temido, la helada inesperada o la sequía persistente. Hay madrugadas frías y siestas ardientes, manos curtidas y miradas atentas que aprenden a leer la tierra. La Vendimia reconoce ese camino: celebra no solo el resultado, sino y, especialmente, el trayecto, con todos sus altibajos.

Por todo esto, sostenemos que el vino naciente es mucho más que el producto final. Es memoria líquida de un año entero de vicisitudes. Guarda en su color y en su aroma las decisiones y errores -algunas acertadas, otros inevitables-, el trabajo colectivo y la perseverancia frente a la adversidad. Cada cosecha es distinta, como lo es cada ciclo de la vida: nunca se repite, y nunca podremos controlarlo del todo. Algo para aceptar y hacerse cargo.

Por eso la Vendimia también es una lección de humildad. Enseña que el logro no se impone, se construye. Que el éxito no es inmediato ni individual, sino fruto de una trama de esfuerzos compartidos: productores, trabajadores de la tierra y cosechadores, bodegueros, familias enteras que sostienen una cultura del trabajo profundamente arraigada en nuestra identidad mendocina.

Pero si viéramos a la Vendimia solo como balance y cierre, nuestra imagen estaría incompleta. Su verdadera fuerza está en lo que viene después. Porque mientras se alza la copa para brindar por lo conseguido -muchas veces para llorar lo perdido- ya se empieza a mirar el viñedo con otros ojos. Se viene el tiempo de proyectar la poda, preparar la tierra…empezar de nuevo. El nuevo ciclo productivo comienza casi sin anuncio, cargado de expectativas.

Ahí reside su costado más esperanzador. La Vendimia nos recuerda que todo final es, también, un comienzo. Que aun después del cansancio y la incertidumbre, existe la posibilidad de volver a apostar. De “cultivar” otra vez. De confiar en que el tiempo, el trabajo y la paciencia volverán a dar fruto.

Y en ese gesto, sencillo y profundo, se renueva año tras año una promesa colectiva: la de seguir creyendo en el esfuerzo, en la tierra y en el porvenir.

Vaya nuestro saludo a todos los trabajadores de la tierra y responsables del vino nuevo quienes nos alegran el alma en estos tiempos de Vendimia.

Ángela Dorigo

 

Tercera Reina de la Vendimia, al igual que la segunda, Susana Justel, y la cuarta Brígida Santini, eran reales cosechadoras.

 

En el año 1938, en la tercera edición de esta fiesta tan mendocina, resultó electa Reina Provincial de la Vendimia -la fiesta aún no había sido ascendida a “Nacional”-, Ángela Dorigo, representante de Chacras de Coria, fallecida en 2007. Fue la primera en usar capa y corona.

Mujer de carácter, luego de ser proclamada Reina de la Vendimia, Ángela llamó a los espectadores en su discurso a mantener el control y la moderación durante la festividad, según cuenta  Mirta Zaida Lobato en su libro “Cuando las mujeres reinaban: belleza, virtud y poder en la Argentina del Siglo XX”.

 

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