jueves, abril 16, 2026
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Cómo se lo mide al tiempo

Por Luis Jait

Alguno dirá, y es para creerle, al tiempo se lo mide por los hijos, por el dinero, el tamaño de la empresa, el prestigio conseguido, el poco cabello que queda, los kilos de más, los amigos que ya no están, el precio de la carne o vaya a saber qué elige cada uno para medirlo al tiempo.

Porque al tiempo se lo mide, casi pidiéndole una aprobación por lo vivido, como reclamando una buena nota por haberlo usado bien.

Aquí donde vivo, en Chacras de Coria, cada uno, como en todos lados, elige su manera de medirlo al tiempo, pero, advierto, hay una manera que usamos todos: nuestros árboles.

Cada uno al llegar aquí, por nacimiento o elección, se encontró con árboles plantados por otros pero eso no le alcanzó, arriesgo que nadie deja de plantar su propio árbol.

Yo planté muchos árboles. Hice al oeste y al norte dos cortinas de álamos, una en la calle y otra en donde ahora viven Mauricio y Patricia, deliciosos vecinos. Empezaron siendo apenas estacas que casi no distinguía desde mi lugar en la mesa, hasta ser tan grandes que ocupan todo el espacio de las puertas ventanas.

En el callejón comunero planté pinos, cipreses, roble, acacias y hasta un eucaliptus, de esos llamados medicinales, al que le costó, y le cuesta, encontrar al sol por lo cual su tronco es un ir y venir retorcido que es muestra que la tenacidad lo es todo.

Al lado del níspero planté un par de tilos, rápidos para los mandados crecieron enormes en pocos años pero aún me deben el aroma, vaya a saber por qué, todavía no.

Al frente de la casa cuatro pinos, cuatro cipreses, dos columnatas,  uno enorme, lo regaba siendo un escuálido de menos de un metro y recostado sobre él, confrontando los verdes oscuros con sus verdes luminosos un liquidámbar, que está allí por puras ganas de tener uno como los que el exquisito amigo Jorge Cremaschi tenía en su casa barco.

Al lado del ancanfor supo haber pinos, bellos pero, esas historias de vecinos, hubo que cortarlos, ya no importa, los árboles enseñan a reparar hasta a los malos vecinos. Un fresno europeo, acotado, discutido, ninguneado por esos pinos, que casi reptaba buscando el sol tuvo y ahora tiene sus años felices y cubre todo lo que cubrían los pinos.

Un ciprés vino a instalar, para siempre espero, el ciprés de la casa de los Abuelos de Rivera, allá en La Pampa. Y será cuestión de magia pero ahora allí se hacen su casa Atilio y su esposa, que es pura Spezia, una nieta de aquellos que hicieron esta viña de cerezos.

Al fondo de la casa, resguardando una viñita que nunca da nada  -mentira, da un caminar entre las pocas hileras, un oler y sentir el agua y la tierra, alguna uva olvidada por los pájaros y unos verdes que se harán amarillos y rojos y pardos y marrones-, en el medio un almendro que es el primero en advertirme que la primavera ya está.

Un par de manzanos silvestres, vaya a saber cómo llegaron allí, asombran por sus flores blancas, un olivo y una higuera de higos blancos donde siempre pierdo con bandadas de loritos que deciden que si los higos están maduros, son de ellos.

También por ahí hay ciruelos, duraznos, una magnolia por pura nostalgia de aquella de la Plaza San Martín de Córdoba donde, caballero torpe pero enamorado, subía a cortar flores para Diana.

Y ahora si, al norte, mi bosque de abedules, mi guindo, enorme, y mi cerezo, con lo suyo, y aquí en el tema cerezos me detengo. Este lugar ha sido mucho antes una viña llena de cerezos, tantos cerezos que la primavera explotaba de blanco y luego de verdes y, ni decir lo que era en diciembre caminar por allí comiendo cerezas.

Lo hicieron los hermanos Spezia. Sólo conocí a Don José, exquisito buen hombre, prudente, tímido, le llevó años admitir que necesitaba hacer una parada en mi casa cuando iba por el riego a la hijuela, se cansaba de puro viejo.

No sólo me dejaba entrar a su propiedad, no había nada que lo obstaculizara, más que eso, me dio consejos, me regaló ese guindo enorme y tres cerezos, uno se perdió, otro creció cuidado por el guindo enorme y otro, ahí está.

Pero lo mejor, algún día me agradeció por cómo yo había plantado tantos árboles que él disfrutaba y termino con una anécdota…

Todos los años él insistía en replantar cerezos donde otros se habían secado. Un día, torpe, le pregunté por qué, si con los que tenía le alcanzaban los problemas y la fruta,

me contestó: “no es por mi, es por los cerezos”.

Hay un ciprés al que lo vimos crecer con el Humber y la Patricia, y lo desenganchábamos del alero, que ahora le queda bajo, muy bajo.

En la terraza, casi entrando a la casa, una gran maceta con un enorme, enorme helecho que me regaló la Cata, mamá del Humber, mujer de esas con dedos verdes, pura sonrisa. Un par de canteros, uno insiste en guardar, todavía, lo que queda de un rayito de luz que regaló, allá en el tiempo, Fiona, amiga de siempre.

Dejo para lo último mi gran, enorme, viejísimo olivo.

Supera la medida de la casa, supera la medida de otras vidas y de la mía por supuesto.

Es el olivo padre de cuanto olivos andan por la zona, lleno de nidos de hornero, algunos habitados por ellos otros por algunos okupas que decidieron que bien valía el trabajo ajeno para vivir ahí.

Y los olores, podría volver a escribir todo y más yendo de aroma en aroma, desde el más repetido, el del pasto bien temprano o cayendo la tarde, con el atronar de los pájaros, el de las acacias, el de algunas fresias que insisten, las rosas por supuesto, el espacio debajo de los pinos, donde no dejo que barran y se acumulan las hojas caídas y al regarlas despierto los aromas.

Me toca admitir que el tiempo está allí, y que olivos, cipreses, no abedules a los que por falta de frío viven poco aquí, veinte, treinta años, vivirán más que yo y casi tengo una pretensión molesta y pretenciosa: quedar allí, mezclado entre la tierra, el riego, reclamando ser parte de esa medida del tiempo. La de para siempre…

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