Desde hace mucho tiempo se discute en nuestra provincia sobre el ‘ordenamiento territorial’. Muchos profesionales, entre ellos geógrafos, sociólogos, arquitectos, ecologistas, ingenieros, vienen estudiando lo que podría llamarse el “desorden territorial”.
Hace poco un grupo de estudiosos de la UNCuyo mostró cómo la urbanización le está ganando espacio a tierras productivas en Departamentos del Gran Mendoza. No es difícil observar que el paisaje va mutando de semirural a urbano o semi-urbano en sitios donde otrora solo había viñedos o chacras.
Las explicaciones de este fenómeno son varias. Seguramente la primera variable sea la económica. Pequeñas fincas que dejaron de ser rentables se fueron transformando en loteos. Es que a los propietarios les convenía más vender el suelo que poner trabajo y esperanzas en lo producido.
Es cierto que la población crece y con ella las necesidades habitacionales. Hay que construir cada vez más viviendas. El tema es cómo y dónde.
Toda transformación del paisaje natural, por mínima que sea, trae aparejado un impacto ambiental más o menos severo.
Nuestro pueblo, Chacras de Coria, tiene historia. Como todo pueblo chico. Entonces nuestros gobernantes no podían planificar, ni siquiera imaginar el descontrolado crecimiento urbanístico que vendría después. Calles angostas y muchos callejones comuneros, lotes de generosas medidas como para tener su huertita y criar algunos animales. Había el comercio necesario para todos los habitantes. La hermosa plaza, la Parroquia, la Comisaría, la Escuela y el Registro Civil. Y sobre todo, muy buena calidad de vida. Porque todos éramos vecinos, conocidos, solidarios y respetuosos.
Paulatinamente nuestro paisaje fue cambiando. Al principio, algunos pensaron que estaba llegando “el progreso” a Chacras. Comenzaron a venderse tradicionales casas de familia, pequeñas fincas para dar lugar a centros comerciales, galerías, restaurantes, bares, hoteles, comercios de los más variadoss… Todo esto en el mismo espacio físico de hace 100 años.
Seguramente el buen clima veraniego, la tranquilidad que reinaba en el Pueblo hace treinta años sedujeron a los primeros “nuevos” vecinos que eligieron la paz de Chacras en lugar del bullicio ciudadano.
Sin embargo, hoy muchos ya desearían marcharse. Es que es tal el desborde del incontrolado crecimiento que muchas veces nos sentimos atosigados.
Tal vez, si realmente se hace un serio estudio de impacto ambiental, antes de autorizar algún nuevo negocio, debería contemplarse el ítem “calidad de vida” que es lo que hemos perdido como pueblo en estos últimos años, aunque a algunos le haya ido muy bien para sus bolsillos.
De una buena vez por todas alguien debe ponerle el cascabel al gato, tomar decisiones consensuadas con los vecinos y no seguir adelante con el desorden urbano y demográfico que nos afecta a todos.


