sábado, abril 25, 2026
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Tomando conciencia de lo que comemos

Ing. Agr. María Virginia Campini

A la hora de comprar las verduras necesarias para una sana y variada alimentación, no tenemos en cuenta el origen o procedencia de las mismas; elegimos los vegetales impecables, lechugas verdes robustas sin un pulgón, oruga o chinche, ni nada que se le parezca. Lo mismo cabe para el resto de vegetales y frutas. Ni que decir de un durazno con gusanos y encima vivos, ¡qué horror!

Esto lo veo en mis hijos; -…¡Este durazno no lo como porque tiene gusanos, dame otro…!, -..Éste está perfecto!

Estamos frente a un error en nuestra percepción de cómo debería ser un fruto perfecto, lo que realmente tendría que importarnos sería su inocuidad a nuestra salud y no la mera apariencia ante nuestros ojos.

Comencemos por el principio. En el año 1962, la escritora inglesa Rachel Carson publicó el libro titulado “Primavera Silenciosa”, donde advierte ya de los efectos perjudiciales de los pesticidas en el medio ambiente y la creciente contaminación del medio donde vivimos, respiramos y del que nos alimentamos.

Se trata del primer libro de divulgación científica sobre ecologismo gracias al cual comenzó la toma de conciencia sobre el uso de agroquímicos.

Las sustancias químicas utilizadas para la prevención y control de plagas y enfermedades que dañan la producción agrícola son tóxicas y tienen distintos niveles de peligrosidad. La categoría toxicológica del producto se indica en la etiqueta del mismo mediante una leyenda y color -verde, azul, amarillo y rojo. Indicando desde el poco tóxico al muy tóxico-. De todos modos más allá del nivel de toxicidad, todos dejan residuos imperceptibles en el ambiente.

El riesgo que corremos al consumir vegetales producidos con el sistema tradicional de agricultura actual -con un uso no restringido, generalmente sin asesoramiento debido- es real, actual y de extremada relevancia.

Cabe acotar que aquellos productos agrícolas destinados a exportación de mercados que exigen ciertos límites de residuos -Europa, EEUU como ejemplo- suelen ser más cuidadosos en lo que a seguridad alimentaria se refiere. En el caso de los destinados al mercado local, sólo Dios sabe que manejo tuvieron en su proceso productivo.

Volviendo al tema del uso de agroquímicos, los factores que ponen la problemática en el tapete dependen no sólo del producto en sí, como así también del uso que el hombre hace de los mismos. Esto es, en el caso de los productos: la formulación, concentración de uso, grupo químico del tóxico, persistencia en el organismo y el ambiente, etc.

Por otro lado tenemos al usuario, quien puede ejecutar con negligencia, no respetar dosis, no respetar período de carencia -tiempo que debe transcurrir entre la última aplicación y la cosecha-. Aspectos que no son visibles para nadie al momento de encontrarnos cara a cara con el producto. Sólo nos queda confiar a ciegas que el “choclo” que nos comemos sea sano.

Muchos estamos tomando conciencia, desde distintos roles. Científicos e investigadores gubernamentales, privados, consumidores, etc. están participando, pero aún el peso de la iniciativa es bajo.

Yo, desde mi lugar, comencé con una producción de hortalizas orgánicas para el consumo de mi familia y además sembrando conciencia en allegados. Con el tiempo y gracias a la insistencia de clientes y amigos empecé con la producción agrícola de orgánicos en escala creciente.

El cambio está en marcha, ya que nuestra salud depende de ello. Esto no debe tomarse como una moda o una forma de ver las cosas.

¡Hasta pronto!

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