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Pantallas y cerebro infantil

 

Alerta: lo que la pantalla le está haciendo al cerebro de tu hijo

Dra. Silvana Malnis (MN 126607)

Especialista en Neumonología (Hospital Luis Lagomaggiore, Mendoza) y en Medicina del Sueño (Fundación Favaloro), con formación complementaria en INCOR–USP (Brasil). Staff de Neumonología y Laboratorio de Sueño del Hospital Alemán de Buenos Aires desde 2008.

Atiende en Mendoza, Buenos Aires y modalidad online.

Contacto: WhatsApp +54 261 702 150 · IG @drasilvanamalnis

 

Te lo explico en palabras simples: qué le pasa al cerebro de un chico que pasa horas frente a una pantalla, por qué duerme peor, por qué le cuesta más aprender y tolerar un “no”, y qué podés cambiar hoy mismo en tu casa.

Todos los días veo la misma escena en el consultorio. Llega un chico cansado. Con ojeras. De mal humor. Y cuando pregunto por la noche anterior, casi siempre aparece lo mismo: el celular, la tablet, la pantalla prendida hasta tarde. Esto no es un capricho mío. Es lo que la ciencia viene mostrando desde hace años, y como médica, no lo puedo callar.

Un cerebro que se está armando, como un rompecabezas

Cuando un chico nace, su cerebro tiene muchísimas más conexiones de las que va a necesitar. Con los años, el cerebro va “podando” esas conexiones: corta las que no se usan y deja más fuertes las que sí se usan. Es igual que podar un árbol. Si podás bien, el árbol crece derecho y fuerte.

Esta poda pasa, sobre todo, mientras el chico duerme. Si el chico no duerme bien porque se queda con la pantalla hasta tarde, esa poda se hace mal. Es como podar un árbol a los ponchazos, sin cuidado: el árbol crece torcido. Eso es lo que le puede pasar al cerebro de un chico que duerme mal, noche tras noche, durante años clave de su vida.

La mielina: el forro del cable

Las neuronas se conectan entre sí como si fueran cables. Esos cables tienen un forro que los protege y hace que la información viaje más rápido. Ese recubrimiento, esa protección se llama mielina.

La mielina se termina de armar en la infancia y en la adolescencia, y buena parte del trabajo se hace de noche, mientras se duerme. Si un chico duerme mal durante años, el recubrimiento de mielina se arma más lento y peor. ¿Qué se nota? Un chico al que le cuesta más prestar atención, aprender cosas nuevas y controlar sus impulsos. Es como un cable pelado: la corriente llega, pero con ruido y con pérdidas.

La melatonina: la hormona que la pantalla apaga

Hay una hormona que le avisa al cuerpo que es de noche y que hay que dormir: se llama melatonina. La luz de las pantallas —en especial la luz azul del celular y la tablet— le hace creer al cerebro que todavía es de día. Entonces el cuerpo no larga la melatonina a tiempo.

¿Qué pasa cuando esto se repite noche tras noche? El chico tarda más en dormirse, duerme menos horas y duerme peor. Y como el crecimiento, la reparación del cuerpo y buena parte del trabajo del cerebro pasan mientras dormimos, frenar la melatonina todas las noches tiene un costo real: se pierde ese tiempo de reparación nocturna que el cuerpo y el cerebro necesitan para funcionar bien al día siguiente.

Los riesgos según la edad

No es lo mismo un bebé de un año que un adolescente de quince. Así se traducen los riesgos en cada etapa:

Edad Qué puede pasarle si abusa de la pantalla
0 a 2 años El cerebro se arma a toda velocidad. No necesita pantallas: necesita caras, voces y brazos. Mucha pantalla a esta edad se relaciona con retraso del lenguaje y menos atención.
3 a 5 años Es la edad de jugar, moverse e imaginar. El abuso de pantallas se asocia a peor lenguaje, menos autocontrol y sueño más liviano.
6 a 12 años Empiezan la escuela y las tareas en serio. Dormir peor por la pantalla se nota en la atención, la memoria y el humor del día siguiente.
13 a 18 años El reloj biológico ya se atrasa solo, y el celular lo empeora. Se suma el ida y vuelta de las redes: aprobación, rechazo y comparación constante, que golpean el ánimo.

 

Señales que podés ver hoy mismo, en tu casa

Si tu hijo tiene dos o más de estas señales, prestá atención:

•    Ojeras marcadas, aunque haya dormido “sus horas”.

•    Le cuesta muchísimo despertarse a la mañana.

•    Se levanta de mal humor, y le dura toda la mañana.

•    Se cansa o se “apaga” en la escuela, sobre todo después del mediodía.

•    Se distrae fácil y le cuesta terminar las tareas.

•    Contesta mal o se enoja por cualquier cosa.

•    Dolores de cabeza frecuentes, sin otra causa clara.

•    Se encierra en su cuarto y baja el contacto con la familia.

El costo que no se ve: quedarse solo

Aprender a conocer gente nueva no es magia: es una práctica. Se entrena mirando caras, animándose a hablar, bancándose un silencio incómodo, resolviendo un conflicto cara a cara. Cuantas más horas ocupa la pantalla, menos horas quedan para esa práctica.

Un estudio con más de 1.900 adolescentes de Australia encontró algo muy claro: cuando sube el uso de pantallas, sube después la soledad, y cuando baja la calidad de las amistades, sube el uso de pantallas[i]. Es un círculo que se retroalimenta: más pantalla, más soledad; más soledad, más pantalla.

El aburrimiento no es un problema: es una herramienta

Cuando un chico dice “estoy aburrido”, la reacción automática es darle la tablet. Pero ese momento de aburrimiento es, muchas veces, donde nace la imaginación. Un estudio de la Universidad de Central Lancashire mostró que las personas que pasan primero por el aburrimiento, después son más creativas resolviendo problemas[ii]. Un chico que siempre tiene la pantalla a mano nunca llega a aburrirse de verdad, y se pierde ese entrenamiento.

La frustración: un músculo que se entrena

La pantalla da todo ya: el video sigue solo, el juego suma puntos al instante, el “me gusta” aparece al toque. Eso activa fuerte el circuito de recompensa del cerebro, de forma inmediata. El problema es que la vida real no funciona así: hay que esperar el turno, perder un partido, escuchar un “no”. Tolerar la frustración es una habilidad que se entrena, como un músculo. Un chico que siempre recibe el premio inmediato de la pantalla, entrena menos ese músculo, y después le cuesta más esperar, perder o aceptar un no.

El poder de la naturaleza

Pisar el pasto, tocar la tierra, trepar un árbol: nada de eso es solo “entretenimiento”. Un estudio con casi 3.600 adultos en cuatro ciudades de Europa encontró que las personas que de chicas tuvieron más contacto con espacios naturales, de grandes tienen mejor salud mental[iii].

Además, jugar al aire libre pone en marcha todo el cuerpo: el equilibrio, el tacto, el movimiento, los sentidos. Eso también es aprendizaje para el cerebro, y ningún video lo reemplaza.

Lo que sí podés hacer, desde esta noche

  1. Apagá el wifi de tu casa a la noche. Si no hay señal, hay menos tentación para todos.
  2. Sacá los celulares del cuarto, todas las noches, sin excepción.
  3. Nada de pantallas la hora previa a dormir.
  4. Usá un despertador común, no el celular, para levantarse.
  5. Un libro de papel antes de dormir, en vez de una pantalla.
  6. Horarios fijos para dormir, todos los días, incluido el fin de semana.
  7. Un rato al aire libre todos los días: pasto, tierra, sol.
  8. Comidas sin pantallas, toda la familia en la mesa.
  9. Dejalo aburrirse. No llenes cada minuto libre con una pantalla.
  • Soltá vos también el celular delante de tus hijos: son tu espejo.

 

El problema no es que nuestros hijos vivan rodeados de tecnología. El problema es que la tecnología no ocupe el lugar del sueño, del juego, del movimiento y del encuentro con otras personas. Un cerebro infantil no crece cuando está conectado a una pantalla: crece cuando duerme, explora, juega, se mueve y se relaciona con el mundo.

 

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