No todo está perdido
La Democracia Autoorganizativa trae lo suyo
Dr. Alberto Montbrun
alberto.montbrun@gmail.com
“Mientras el debate político se concentra en escándalos de corrupción, polarización y crecientes niveles de desconfianza ciudadana, existen realidades menos visibles que nos ofrecen cierto optimismo”, cuenta el doctor Alberto Montbrun.
Experiencias innovadoras de cooperación, participación y resolución de problemas lideradas por comunidades, organizaciones y redes ciudadanas.
Mientras buena parte del debate público parece concentrarse en escándalos de corrupción, polarización política, conflictos institucionales y crecientes niveles de desconfianza ciudadana —para colmo ahora apareció, cobijada por pesos pesados de la política y el empresariado, la ya nacionalmente famosa “Banda de los mendocinos” qué vergüenza ¡por favor!—, realidades menos visibles auspician cierto optimismo.
Las realidades menos visibles a las que aludimos no suelen ocupar los titulares de los medios ni dominar las conversaciones políticas cotidianas. Sin embargo, en distintos lugares del mundo, comunidades, organizaciones y redes ciudadanas vienen desarrollando experiencias innovadoras de cooperación, participación y resolución de problemas que merecen ser observadas con atención. Algunas son pequeñas iniciativas locales; otras han alcanzado escala nacional o incluso, internacional. Algunas surgieron como respuesta a situaciones de crisis; otras se consolidaron gradualmente a través de procesos de aprendizaje colectivo. La preocupación por fortalecer la democracia no es nueva. Desde hace décadas, ciudadanos, académicos, dirigentes políticos y organizaciones sociales buscan respuestas frente a fenómenos que parecen repetirse una y otra vez: desconfianza hacia las instituciones, dificultades para construir consensos, concentración del poder, burocratización y creciente distancia entre quienes toman decisiones y quienes deben convivir con sus consecuencias.
Con el licenciado Juan Mauricio Bafumo venimos desarrollando una investigación empírica sobre más de medio centenar de experiencias de todo el mundo que parecen compartir una característica singular. Por un lado, se apoyan en valores claramente democráticos: tolerancia, pluralismo, respeto por las diferencias, cooperación, participación y descentralización del poder. Por otro, exhiben formas de funcionamiento que recuerdan a los llamados sistemas adaptativos complejos, estudiados por disciplinas como la teoría de sistemas, la cibernética, las ciencias de la complejidad y el análisis de redes.
Lo llamativo es que muchas de estas experiencias, aun siendo muy diferentes entre sí, presentan patrones organizativos semejantes. La iniciativa suele surgir desde la propia comunidad más que desde una autoridad central; la información y las responsabilidades se distribuyen entre múltiples actores; las decisiones se adaptan continuamente a circunstancias cambiantes; y la coordinación emerge de la interacción entre personas, grupos e instituciones diversas. Desde la perspectiva de la complejidad, las sociedades no son simplemente estructuras que deben ser dirigidas y controladas desde arriba. También son sistemas capaces de aprender, innovar y reorganizarse a partir de las relaciones que establecen sus integrantes. Conceptos como autoorganización, retroalimentación, resiliencia, inteligencia colectiva, emergencia y adaptación permiten comprender fenómenos que muchas veces escapan a los enfoques políticos tradicionales. En este contexto, el poder deja de ser concebido exclusivamente como una estructura vertical y piramidal para entenderse también como una capacidad distribuida a través de redes de colaboración. La regulación no depende únicamente del control externo ejercido por normas o jerarquías, sino también de procesos de autorregulación, aprendizaje colectivo y responsabilidad compartida.
Del mismo modo, la experiencia muestra que pequeñas iniciativas pueden producir efectos inesperadamente amplios, reflejando la naturaleza no lineal de los sistemas sociales. Incluso es posible observar cómo ciertos patrones organizativos tienden a reproducirse en distintas escalas, desde grupos locales hasta redes de alcance internacional.
Otro aspecto particularmente interesante es que muchas de estas experiencias muestran una creciente autonomía respecto de las identidades partidarias tradicionales. Ello no significa ausencia de valores o de compromisos éticos. Por el contrario, suelen estar impulsadas por principios como la solidaridad, la inclusión, la defensa de derechos, el cuidado ambiental o la participación ciudadana. Lo que parece perder centralidad no son las ideas, sino la dependencia de estructuras partidarias rígidas, mientras ganan importancia objetivos compartidos y formas de acción colectiva más abiertas y transversales.
Las experiencias relevadas abarcan ámbitos muy diversos. Entre ellas pueden mencionarse el federalismo suizo y sus mecanismos de democracia directa; las comunidades zapatistas de Chiapas; el proceso constitucional participativo desarrollado en Islandia; los presupuestos participativos de Porto Alegre; el movimiento Transition Towns; diversos casos de gestión comunitaria de bienes comunes estudiados por Elinor Ostrom; cooperativas como La Juanita y El Ceibo; la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de Esquel; la Asamblea Ciudadana de Andalgalá; y los movimientos en defensa del agua y contra la minería contaminante en Mendoza. A ellas se suman numerosas iniciativas comunitarias, educativas, ambientales, tecnológicas y ciudadanas desarrolladas en distintos continentes.
Naturalmente, ninguna de estas experiencias constituye una solución perfecta ni un modelo universalmente aplicable. Todas muestran fortalezas y debilidades, avances y retrocesos. Pero precisamente por eso resultan valiosas. Permiten observar cómo grupos humanos concretos enfrentan problemas complejos mediante mecanismos de cooperación, aprendizaje y adaptación que muchas veces permanecen invisibles para los análisis convencionales. Tampoco se trata de suprimir instituciones democráticas existentes o imaginar una sociedad sin Estado o sin normas. La evidencia parece sugerir algo más modesto y, al mismo tiempo, más prometedor: que las capacidades de autoorganización presentes en la sociedad pueden complementar, enriquecer y fortalecer las instituciones democráticas cuando encuentran espacios adecuados para desarrollarse. Un borrador provisorio de las organizaciones y experiencias actualmente relevadas puede consultarse en la página web indicada más abajo*. La recopilación permanece abierta a nuevas incorporaciones, observaciones y correcciones.
Más que ofrecer respuestas definitivas, este trabajo busca contribuir a una conversación que parece cada vez más necesaria: cómo fortalecer la democracia aprendiendo de experiencias reales que han demostrado capacidades de cooperación, adaptación e innovación capaces de inspirar nuevas formas de pensar el gobierno, la participación ciudadana y la vida colectiva.


