La creatividad es el núcleo de la subjetividad humana y caracteriza la clase de individuos que somos. En consonancia, los lingüistas pensamos que la creatividad es también la esencia de una lengua; en nuestro caso, el hecho de que la gramática del español nos otorga la posibilidad de ser creativos es la propiedad central que el lingüista debe caracterizar para comprender cabalmente esa lengua.
Por Luis Paris
Los poetas son los visitadores incansables de la novedad lingüística estrujando sin piedad al sistema hasta extraer el vino nuevo. Entender la comunicación en palabras de Borges (“un alma que se dispersa en otras almas”) no es solo placentero sino una reconceptualización cognitivamente enriquecedora. Después de leer “por el patio el cielo se derramaba en nuestra casa” es imposible no estremecerse un poco cada vez que vemos uno. Si ha tenido que asimilar la pérdida de un amado, seguro sentirá que esa desolación no puede ser mejor pintada que por la menguada descripción borgeana: “lo que era todo tiene que ser nada”.
El democrático misterio del español es que su gramática nos permite a todos y cada uno, sin distinción de condición, ser creativos: todos podemos emitir una oración que nunca habíamos escuchado antes. No teníamos experiencia previa de ese mensaje pero pudimos constituirlo. La tecnología nos invadió en las últimas décadas de nuevas realidades y hemos adaptado al español -tomando prestado del inglés- un sinnúmero de expresiones como trollear, whatsappear o espamear que nos permiten hablar de estas nuevas experiencias.
La historia de las palabras nos muestra una reutilización creativa de sentidos. “Angustia” tiene la misma raíz original que “angosto” y quizás no haya descripción que capte mejor ese estado emocional que la idea de estar siendo confinado a un espacio en donde no cabemos y que nos hace sentir encierro. “Nostalgia” viene del griego “pueblo” (nostos) y “dolor” (algia), dolor por el pueblo devino en un sentimiento de tristeza provocado por estar ausente de un lugar o un tiempo que asumimos como nuestro.
Palabras con significados originarios muy concretos y perceptibles devinieron en sentidos más abstractos con el que podemos describir lo invisible: nuestras emociones y estados mentales. Este mecanismo de reciclaje creativo hierve constantemente debajo del uso cotidiano de la lengua. “Topar” es un verbo que describe a un objeto que se mueve en una dirección y que no puede continuar porque entró en contacto con otro. Pero para los mendocinos las calles –objetos inmóviles- “topan” con otras en un movimiento ficticio creado para poder describir una situación cotidiana. Hablar consiste en reutilizar palabras con sentido simple y concreto para hablar de realidades poco accesibles de manera directa. A veces la expresión más concreta tiene mayor intensidad y, en algunos casos, puede comunicar mejor que una versión más abstracta y emocionalmente diluida. “Necesito que me soben el lomo” remite a una necesidad más visceral que la aparentemente sinónima “necesito que me consuelen”. Decir de alguien que “es blandito” comunica eficazmente cierta actitud psicológica un contenido con simplicidad admirable que nos resultaría extremadamente complejo y quizás técnico captar.
Esta creatividad inherente al uso del español es solo una dimensión, aunque esencial, de la creatividad que necesita el alma humana para subsistir sana. Cada uno debe tener la posibilidad al menos de poder elegir dentro de ciertos parámetros qué clase de vida quiere tener y qué clase de persona quiere ser y si el contexto no es propicio para nuestro anhelo, deberíamos tener la posibilidad fáctica de hacer el mayor esfuerzo por cambiarlo. La creatividad es hija de la libertad. Desde hace décadas y décadas, nuestra sociedad ha sido mansamente proclive a aceptar versiones extra-tonificadas del control que terminan asfixiando la creatividad.
Como lo muestra el lenguaje, la creatividad necesita montarse sobre un orden (la gramática), pero no se lleva bien con el control. El mundo hispano padece de “controlpatía” al punto de crear burocracias que pretenden regular la creatividad. Si bien ahora es más sutil, la Real Academia Española es una institución que pretende reglamentar una lengua, una realidad que, si estoy en lo cierto, se alimenta de la energía creativa incontenible de la vida. La burocracia controladora no aporta nada, solo se arroga el derecho y el poder para reprimir la actividad creativa de aquellos que sí aportan. El supuesto básico de esta burocracia –que en estas tierras toma el nombre de “política”- es que el individuo es esencialmente malintencionado, egoísta y dañino, es necesario regularlo y controlarlo. Obviamente no soy tan necio como para dejarme llevar por mi instinto anarquista y defender la ausencia de regulación y control, pero sí sugiero partir del supuesto opuesto. Los individuos son esencialmente buenos y tienen buenas intenciones, solo se trata de controlar a la minoría que no lo es. Los hablantes se quieren comunicar, no quieren corromper, y si un grupo crea alguna forma lingüística que no tiene sentido, la mayoría no la adoptará y se evaporará así de la lengua.


