Mendoza arranca sus viñedos: el negocio del vino ya no cierra
Caída del consumo, costos disparados y presión inmobiliaria empujan a productores a abandonar la vid. La crisis ya se siente en el Este.
Por Rosaura Echeverry
Especialista en Comercialización de vinos
Para quienes aman los viñedos —ese lugar donde nace el vino— la escena se repite con una mezcla de tristeza y preocupación: hectáreas enteras de vides están siendo arrancadas en distintas regiones del mundo por falta de rentabilidad y caída en el consumo.
El fenómeno no es aislado. Se registra en zonas productivas clave como Mendoza, especialmente en el Este provincial, pero también en Chile, California, Australia, España y la región de Burdeos, en Francia. En este último caso, el propio Estado decidió intervenir: el gobierno francés ofrece alrededor de 4.000 euros por hectárea a los productores que eliminen sus viñedos de manera definitiva. La meta es reducir la superficie cultivada y equilibrar un mercado saturado.
El problema de fondo es estructural: el mundo produce más vino del que consume. Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el consumo global viene en descenso sostenido en los últimos años, mientras que los stocks se acumulan. El resultado es un exceso de oferta que presiona los precios hacia abajo, muchas veces por debajo de los costos de producción.
En este contexto, las variedades más afectadas suelen ser las cepas tintas tradicionales, que hoy encuentran menos salida comercial rápida frente a cambios en los hábitos de consumo.
Para muchos productores, especialmente pequeños y medianos, la ecuación ya no cierra. En países como Argentina, los costos de insumos clave —fertilizantes, energía y combustible— se han disparado, con aumentos que en algunos casos superan el 300%. A esto se suman mayores costos de mano de obra y logística, que encarecen la cosecha y el transporte, en un escenario de alta presión impositiva.
Frente a la perspectiva de pérdidas sostenidas, muchos optan por reconvertir sus tierras hacia cultivos más rentables, como frutos secos, cerezas o alfalfa, o directamente venderlas para desarrollos inmobiliarios.
También están desapareciendo viñedos antiguos y poco productivos. Son fincas con plantas envejecidas, menor rendimiento y, en muchos casos, sin acceso suficiente al agua. Además, no están adaptadas a la cosecha mecanizada, lo que eleva considerablemente sus costos frente a explotaciones más modernas y tecnificadas.
El avance urbano es otro factor clave. En regiones como Mendoza o California, la presión inmobiliaria sobre áreas rurales empuja la desaparición de viñedos históricos: hoy, en muchos casos, la tierra vale más como lote para construir que como unidad productiva.
El escenario actual refleja un desajuste profundo: hay demasiado vino para un mundo que está bebiendo menos, y producirlo es cada vez más caro. Este cambio en el consumo termina de cerrar el círculo. Se bebe menos vino —una tendencia global confirmada por organismos internacionales— y cuando se consume, se elige calidad antes que cantidad. En ese nuevo escenario, muchas etiquetas tradicionales quedan fuera de juego.
Mendoza, cuna del vino argentino, enfrenta así una transformación silenciosa pero profunda. Lo que está en juego no es solo un cultivo: es parte de su identidad. Y hoy, esa identidad se arranca de raíz.


