viernes, abril 24, 2026
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¿Para qué sirve un artista plástico?

Inmerso en el medio social y, a la vez, producto de éste, el artista tiene que cumplir un relevante rol como trabajador de la cultura.

Dotado de una especial sensibilidad, ésta debe servir no para solaz egoísta de su propio espíritu, despegándolo de la realidad circundante, sino que su actividad implica un compromiso para con el entorno. Producida la obra de arte ya no le pertenece. Si ésta tiene éxito, habrá hecho un sólido aporte a la cultura. De lo contrario, deberá revisar los contenidos, pulirse sin buscar un exitismo social, preocupándose porque su obra nueva sea un ajustado reflejo de la realidad, sea ésta íntima o exterior.

El error de los artistas, según mi modesto modo de pensar, es creer que el arte sólo tiene que ver con el arte, como si estuviese desvinculado del fenómeno vital y de la sociedad o como si fuese una actividad errabunda y peregrina, sin nada en común con las demás actividades de la especie humana. Solamente estudiando cuánto rodea al arte, el panorama total donde se desarrolla, la sociedad que lo produce, la economía que lo alimenta, el clima que lo envuelve y la herramienta que lo ejecuta, podremos aproximarnos a la solución del problema.

Su trabajo deberá ser docente, ayudando a elevar el nivel de comprensión de los demás, siendo a la vez comprensivo del porqué de las dudas de la gente.

Para saber un jinete la tierra que pisa, tiene necesariamente que bajarse de su cabalgadura. Un artista para saber el suelo sobre el cual el arte se desplaza tiene que hacer idéntica operación, bajándose del potro de su personalidad. Despojarse de su falsa corteza de genio, santo o elegido y retornar al comienzo de su función, que fue no una diversión, sino que devino en oficio. El arte, en su planta, posee un sentido práctico y económico como la agronomía o la mecánica, aunque en su frontispicio se adorne con todas plumas del pavo real. Llena una necesidad y es una necesidad para el que lo aprende y lo cultiva. Su aplicación  a la vida y a la sociedad resulta inobjetable, pese a que, por ahora, de sus excelencias goce un limitadísimo número de personas.

Preguntarse qué es el Arte es como preguntarse qué es la Química o la Astronomía.

Ninguna manifestación del saber está ahora envuelta por la aureola de misterio, porque el misterio no es la condición de la sabiduría sino de la ignorancia.

Para el que no sabe cómo funciona un motor, su funcionamiento lo deja perplejo, mas para el mecánico o el ingeniero que lo diseñó y produjo es claro como la luz diurna.

El hecho de que el artista todavía se pregunte qué es el arte, resulta altamente sintomático. Implica un cierto grado de desconocimiento injustificado en quien lo practica.

Un médico sabe lo que es la Medicina por una razón muy sencilla. Estudia los fundamentos teórico-prácticos de su especialidad de una manera metódica y sistemática.

Un artista, en cambio, aprende su arte, por lo regular en forma anárquica y desarticulada, sin conocimiento profundo de todo aquello que sirve de complemento a su profesión.

Esta anarquía que preside la adquisición de sus conocimientos, determina más tarde la anarquía de sus opiniones.

La experiencia del artista nace siempre de la realidad. Es falso creer en un mundo interior especial. Si así se piensa, debe saberse que lo interno no nace mágicamente. Nace siempre del contacto previo con el mundo circundante. El hombre es producto del medio, primero material en los albores de la civilización y, de allí en más social, con el agregado de que ahora es capaz de modificar el medio. No puede existir el arte por el arte mismo, despegado de la realidad histórica. Eso, para mí, es un mito. El hombre no hace nada sin objeto. Todo lo que realiza lleva el sello de la necesidad. La pasión artística, es, en el fondo, pasión política y civil, necesidad de expresar y dejar algo.

La actividad del plástico, en consecuencia, debe reflejar fielmente la época, el entorno sociocultural donde se mueve. Aún los “artistas de avanzada”, que en apariencia han roto con lo convencional, se adelantaron a su época, pero no porque fueron unos locos, visionarios o geniales, sino porque su intensa pasión y tesón los llevaron más adelante a divorciarse de viejas estructuras, siempre buscando ser más fieles, más auténticos, más científicos.

No podrá haber verdadera renovación en el arte esperando un devenir milagroso que nos ilumine. Este deberá surgir necesariamente del intenso y tesonero trabajo, la incansable búsqueda y el preocupado e ininterrumpido estudio, no sólo de las artes, sino del devenir social, los movimientos político-sociales, de las motivaciones relevantes de la hora.

Despegarse de la aureola de superhombres y adoptar posturas útiles a la existencia común, aportando su sapiencia y su obra al servicio de los otros será su tarea fundamental, para su propio crecimiento y el de la sociedad donde se mueve.

José Enrique Marianetti

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