Un antiguo vendedor porteño de tabaco es el único en el país que aún fabrica cigarros y habanos a mano. Esta artesanía, que nació de la mano de los primeros aborígenes americanos, es desconocida por muchas personas que todavía conservan el hábito de fumar en “envase grande”.
Texto y fotos: Carlos Carrión
Nacieron con las tribus americanas. A través de su catalejo, Colón los descubrió entre la oscuridad de la noche cuando los indios los fumaban en sus rituales solemnes. Mezclados con papas, algodón y oro, llegaron a Europa y su elaboración se propagó a todas las culturas. Tras 500 años, la fabricación de cigarros sigue siendo una gran artesanía, que en nuestro país se mantiene viva en pleno corazón de Buenos Aires.
El aroma fuerte y seco se percibía desde la entrada. Tras cruzar el mostrador, cualquier fumador empedernido hubiera sentido la tentación irresistible de sumergirse en ese “mar” de tabaco para conocer los secretos de su exquisito sabor. Pero eso sólo lo saben las artesanas. Con un guardapolvo azul y las manos curtidas por las hojas, realizan su labor sobre pequeñas mesitas de roble para deleitar el paladar de los fumadores.
El procedimiento es sencillo, pero lleva su tiempo de maduración: una vez extraídas, las hojas de las plantas son sometidas a un proceso de secado y selección. Luego, se hace un estacionamiento de alrededor de dos meses y antes de iniciar el armado se las humecta.
“La tarea es simple”, explicó Aquiles Xanthopoulos, dueño de esta compañía tabacalera, la única que fabrica cigarros y habanos a mano en el país.
“Las hojas primero deben ser despalilladas para preparar las capas”, continuó. “Luego, se van enrollando y colocando en la prensa hasta llenar los 20 moldes”.
Según Irene, una artesana “cigarrera” que hace más de 10 años que realiza el oficio, “las capaz internas se llaman “tripa” y las de afuera “capote”.
“Una vez que las tenemos armadas, usamos una pasta para pegarles la cabeza -o capa final- y así quedan terminados”. Cada cigarro requiere de unas seis hojas de tabaco aproximadamente.
Junto a ella, trabaja Mary, quien aunque tiene menos experiencia en el rubro se siente orgullosa de hacer hasta “200 cigarros por día”. Si bien ella oficia de despalilladora, a veces cambia su trabajo con Irene para que éste no resulte tan monótono. Los elementos que utilizan se limitan a una tablilla de metal, una pequeña máquina de corte, una chavetas y una tijera. Con ellos, las artesanas fabrican cigarros “cuartas” –pequeños- y “coronas” –grandes- que se preparan en paquetes de cincuenta unidades para luego ser puestos a la venta.
“Yo sólo le vendo a mis clientes. No trabajo con empresas grandes”, manifestó Aquiles. La gran variedad de cigarros permite elegir todo tipo de tamaño y origen. Hay cigarros fabricados con tabaco del interior del país -traído de Misiones, Chaco, Jujuy y Salta- y del exterior -importado de Cuba-.
Las variedades más conocidas son Virginia, Burley, Misionero y Bahía. Estos, junto a los verdaderos habanos cubanos, pueden comprarse en pocas unidades o en paquetes de hasta 150. Los precios oscilan entre los 17 pesos (paquetes de cinco unidades pequeñas) y los 150 pesos (paquetes de 150 tipo “corona”).
Según Aquiles, el precio varía por la calidad del tabaco. “Con los años encontramos las técnicas para alcanzar un producto cada vez mejor”, dijo.
La artesanía de fabricar tabaco comenzó en esta casa allá por 1918. Por esos años, se le vendía tanto a “malevos” como a prestigiosos caballeros de la alta sociedad porteña de esa época. A pesar del tiempo, fumar un habano, un toscazo o un “charuto” no perdió vigencia. Y sin duda, estas artesanas que imitaron a los indios americanos ayudaron a mantener viva esa vieja costumbre.

