viernes, abril 24, 2026
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El telescopio: Mis días con Antonio Di Benedetto

Como todo escritor, el periodista Antonio Di Benedetto –autor de exitosos libros entre otros Zama (1956), Grot (1957), El Silenciero (1964) y Los Suicidas (1969) – tenía sus hábitos y excentricidades. Vivía en una desaparecida casa de dos pisos en la calle Catamarca esquina José Federico Moreno de Ciudad. La particularidad era que la vivienda no tenía ventanas por lo que semejaba una verdadera fortaleza. Como no sabía manejar cubría a pie el trayecto de pocas cuadras que lo separaba del diario Los Andes donde en la década del 70 llegó a ejercer el cargo de subdirector con funciones de director. Que se sepa nunca pidió que un chofer lo fuera a buscar pese a que tenía autoridad para hacerlo. Llegaba puntualmente a la redacción a las seis de la tarde y se retiraba a las doce de la noche y ocupaba una amplia oficina de la planta baja que daba a la Av. San Martín. Vestía siempre con igual formalidad: impecable traje gris, camisa blanca y corbata al tono. Lo primero que hacía era llamar a su madre por teléfono y una vez por semana, generalmente los días lunes, se reunía a cenar con sus amigos, los dres. Emilio Fluixá y Joaquín Calomarde.

En sus horas de trabajo revisaba con atención las llamadas pruebas de galera, de manera especial las que tenían que ver con las noticias más importantes, los editoriales y las páginas de Artes y Espectáculos, sección que estaba a su cargo. Con un grueso lápiz de color rojo efectuaba las correcciones que creía necesarias. En esa época ocupaba también el cargo de Corresponsal del Diario La Prensa. No se interesaba demasiado por el deporte, salvo alguna excepción. Cuando sabía que había peleado Nicolino, le preguntaba a su secretario privado: “¿Dígame, no sabe como salió Locche?”. Quizás la rareza más grande era que tenía la costumbre de lavarse las manos con alcohol cada vez que saludaba a una persona. Lo hacia con mucha discreción y utilizaba un frasco que escondía detrás de un voluminoso diccionario.

Enojo

Se fastidiaba cuando algún redactor le contestaba, sin quedarse callado después de alguna observación. Entonces se acomodaba sus gruesas gafas y hasta solía ponerse en puntas de pie para quedar a la altura de la persona con la que discutía. Se recuerda un día de semana, a fines de la década de los 60, cuando mandó a llamar a Rodolfo Eduardo Braceli, entonces cronista de Artes y Espectáculos, que debía haber entrado a las cuatro de la tarde. “No ha llegado, señor” fue la respuesta. Como insistió media hora o cuarenta minutos después y recibió la misma contestación dio la orden en la portería de que apenas llegara Braceli debía presentarse en su despacho. Cuando por fin apareció, alrededor de las ocho de la noche, de muy mal aspecto, despeinado, la camisa afuera del pantalón, Di Benedetto lo encaró directamente: “Le exijo una explicación”. Mayúscula resultó su sorpresa cuando Braceli abrió una bolsita de plástico que apretaba fuertemente y sacó las vendas del arquero Sacaba de Luján Sport Club. Esa tarde el Granate había salido campeón de Primera “B” y Braceli, que había entrado a la cancha y había dado la vuelta olímpica con los futbolistas, había participado también en una dura porfía por algún recordatorio. Por lo que orgulloso le mostraba a Di Benedetto el trofeo que había conseguido convencido de que sería perdonado por su prolongada tardanza.

Por José Félix Suárez

Secretario privado de Antonio Di Benedetto en el diario Los Andes entre 1967 y 1968. Luego del servicio militar, regresaría al diario, esta vez a la redacción y deportes.

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