domingo, abril 26, 2026
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Anecdotario breve de un médico rural

Negocio redondo

En los años cincuenta, en Luján  existía un Servicio  Fúnebre, cuyo dueño era el Señor Salvador Cirrincione, un caballero delgado y semi calvo, a quien conocí, como también lo hice con sus hijos, uno dentista y otro médico, de gran predicamento ambos.

Don Salvador era cliente de mi padre y cada vez que iba a visitarlo, colocaba el negro y grandote carro  fúnebre, frente a la puerta de mi casa. Invariable y cortésmente, mi padre le pedía  a don Salvador que corriera el coche unos metros más adelante, por que, conocido como era, la  gente iba a  creer  que mi padre había muerto,  y no quería escándalos. Ya profesional,  tuve una pareja de pacientes italianos, que atendí muchos años, hasta que la esposa falleció.  

Don G.vino a verme  Estaba desesperado. Tantos años juntos, tanto esfuerzo realizado y ahora estaba solo,  triste y muy preocupado. Su amada esposa merecía honras fúnebres de calidad importante. No podía partir así nomás, así que pregunta cuánto le sale el entierro con carroza de 6 caballos y dos porta coronas. Casi cae desmayado con el precio que le pasan. Entonces pide algo más barato, y le dicen que hay un servicio con cuatro caballos y un  porta coronas. El precio tampoco se acomodaba a sus posibilidades económicas. Estaba blanco como un papel. No podía creer que no podría homenajear a esa persona que había sido su compañera y le había ayudado tanto a lo largo de tantos años

Al borde del colapso, usó un último recurso, ante el fracaso de sus intentos, diciéndole a don  Salvador: Mire, don  Salvador, hablemos claro. Es su negocio y es perfectamente lógico que Usted tenga que ganar en su trabajo, pero se está olvidando de algo….

Pensativo, don Salvador se le queda mirando y le dice: ¿De qué me habla , don G ¿?

Y, Don  Salvador,  el  asunto es que en este trato el muerto lo pongo yo ¡!!!!!

Tanta gracia le causó a Don Salvador la salida desesperada de en G, que le prestó un Servicio de Primera clase  a un costo irrisorio.

Así eran las cosas, la vida y la gente  entonces, solidaria, comprensiva y humana.

Vaya ésta anécdota como ayuda, para entender qué nos pasa hoy…

                                                                                               José E. Marianetti

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