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Nuevos Paradigmas

¿Las flamantes autoridades de la uncuyo comprenderán la complejidad?

 

Dr. Alberto Montbrun

alberto.montbrun@gmail.com

“La ciencia normal suprime, a menudo, innovaciones fundamentales, porque resultan necesariamente subversivas para sus compromisos básicos.”

 Thomas Kuhn,

La estructura de las revoluciones científicas, 1962

 

La Universidad Nacional de Cuyo ha reconocido con su máxima distinción académica a pensadores que cuestionaron las formas fragmentadas, rígidas y lineales de comprender la realidad. Sin embargo, aquellos reconocimientos no produjeron cambios perceptibles en su organización, su enseñanza ni sus mecanismos de decisión. Ante la llegada de una nueva conducción, corresponde preguntar si la Universidad está finalmente dispuesta a comprender la complejidad o continuará preservando un paradigma agotado.

 

 

En 2008 la UNCuyo distinguió como Doctor Honoris Causa a Rolando García, extraordinario científico argentino, discípulo y colaborador de Jean Piaget, que desarrolló una rigurosa metodología para estudiar sistemas complejos. En 2024 otorgó la misma distinción a Daniel Innerarity, uno de los pensadores contemporáneos que con mayor profundidad ha estudiado la democracia compleja, la incertidumbre y las limitaciones de las formas tradicionales de gobierno.

 

En ambas oportunidades las autoridades tuvieron ante sí la posibilidad de iniciar una transformación profunda. No obstante, prefirieron el homenaje ceremonial: diploma, discursos, fotografías, aplausos, ágapes. Las ideas fueron reconocidas, pero cuidadosamente mantenidas fuera de la estructura universitaria. La institución distinguió a quienes cuestionaban sus fundamentos sin permitir que esos cuestionamientos modificaran su funcionamiento.

 

Como advirtió Thomas Kuhn, la ciencia normal suele suprimir las innovaciones fundamentales porque resultan subversivas para sus compromisos básicos. La UNCuyo pareció reconocer la importancia del nuevo paradigma y, simultáneamente, protegerse de todo cuanto había de transformador en él.

 

Las autoridades de 2008 y las de 2024 no pueden alegar desconocimiento. Lo que faltó no fue información, sino voluntad para llevar esas ideas hasta sus consecuencias. En este aspecto, y en una institución partidizada políticamente, radicales y peronistas resultaron sustancialmente iguales. No porque no existan diferencias entre ellos, sino porque esas diferencias desaparecen cuando llega el momento de revisar la matriz profunda de la Universidad. Hubo alternancia partidaria, pero no alternativa epistemológica.

 

Unos y otros preservaron una institución organizada sobre la fragmentación disciplinaria, las jerarquías rígidas, los compartimentos estancos y la ilusión de que una realidad incierta puede gobernarse mediante planificación lineal y control centralizado. Cambiaron las autoridades, los discursos y las alianzas, pero permaneció intacta la concepción cartesiana y newtoniana del conocimiento y del poder.

 

La llegada de una nueva rectora permite, sin embargo, abrir una expectativa. Adriana García compiló, junto con María Gabriela Vásquez, Historia y complejidad bajo la lupa. Problemáticas culturales en la enseñanza (EDIFYL, 2025), obra que recurre reiteradamente al pensamiento de Edgar Morin. Cabe esperar, entonces, que la complejidad trascienda sus páginas y alcance la gestión universitaria.

 

Debemos decirlo con claridad: en aspectos decisivos, la UNCuyo continúa siendo una universidad retrasada y paradigmáticamente obsoleta. Esta afirmación no significa desconocer la calidad de numerosos docentes, investigadores, estudiantes y miembros del personal. Advierte que ese enorme potencial humano permanece encerrado en una arquitectura institucional concebida para un mundo que ya no existe.

 

Para el tiempo de la asunción de las nuevas autoridades, envié propuestas concretas para iniciar una estrategia de inmersión transversal y progresiva en la complejidad. No recibí respuesta. Ese silencio podría (podría) expresar una manera de gobernar: una institución que proclama el diálogo y la innovación, pero no responde cuando se le propone discutir su transformación. Esperemos que no sea sí.

 

¿Por qué no podemos incorporar transversalmente a todas las carreras los aportes ya evidentes de la teoría general de sistemas, la cibernética, la autoorganización, la autopoiesis, las estructuras disipativas, la teoría del caos y los atractores, la emergencia, la no linealidad, la retroalimentación, la ley de variedad requerida, la ecología y la hipótesis Gaia, la entropía y la neguentropía, la geometría fractal, las ciencias cognitivas, el constructivismo, la gestión de la emocionalidad y las nuevas concepciones sobre el poder y los límites del control externo?

 

¿Por qué seguimos organizados en unidades académicas separadas, encerradas en estrechas inercias disciplinarias y conservadoras, cuando los problemas que debemos comprender y resolver son multidimensionales, interdependientes y crecientemente complejos?

 

En lo personal, no pienso ceder ni aflojar en la búsqueda de un reciclaje epistemológico de toda la universidad. Se lo debo a mis 43 años de docencia e investigación; a mis cinco hijos, todos egresados de la UNCuyo; a mis viejos, los dos profesores; a mis miles de estudiantes de Teoría Política que al principio del curso se quejaban de las cosas “raras” que enseñaba y lo terminaban agradeciendo y a la memoria de quienes se atrevieron a enfrentar los prejuicios y desafiar los cánones para transformar la ciencia. Creo que la renovación debe llegar.

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