“¿Quién fue el hijo de puta?”
Atareado, prestando atención en consultorio externo, en el instante mismo que firmaba una receta, se abre bruscamente la puerta de entrada de la Clinica… dos corpulentos hombres traían en andas a una señora que parecía estar al borde del desmayo.
Me incorporo rápidamente y, antes de que yo pudiera pronunciar palabra, la señora, de mirada extraviada, me enfoca y dice: “Doctor, le encargo las nenas” y de inmediato se cae, escurriéndose de los brazos que la sujetaban. Prontamente, entre los hombres, yo y las enfermeras, la subimos boca arriba a la camilla.
Interrogo a los sujetos, que demostraban el susto y mal rato que estaban pasando, acerca de si tenían algún dato útil para llegar a un diagnóstico, al menos presuntivo.
“Parece que tuvo un disgusto, cosas de familia o de pareja, vió?”
Se me ocurrió pedirles por favor se fijaran en la habitación donde la habían encontrado los que la trajeron, un primo y un vecino, a ver si encontraban en el piso, mesa de luz, cama o alrededores, algún frasco sospechoso, alguna pastilla suelta, algún indicio. Y de inmediato me aboco a su atención, pupilas dilatadas, reacción a la luz negativa, sensoria nula, motricidad cero. Alerta de coma.
Entubamos, pasándole oxígeno y suero endovenoso, con pronóstico reservado y el obligatorio aviso a la seccional policial, ante la sospecha de un intento de suicidio.
Después de tratamiento intensivo de 48 horas, hace un paro cardíaco. Grito que traigan de inmediato el respirador mecánico mientras me subo a la camilla y comienzo a hacerle la reanimación y respiración boca a boca. En eso aparece el marido, golpeando la puerta: “¡Qué hace con mi mujer, cabrón!”. “¿No ve que está indefensa y se la quiere violar?”. Las enfermeras lo frenan, explican y calman, hasta que puedo salir a hablar con él. Comprendió su error y me pidió disculpas.
Poco a poco la paciente se fue estabilizando hasta que al tercer día comenzó a salir de su sopor.
Abrió los ojos, desorientada y preguntó: “¿Quién fue el hijo de puta que me salvó?”
Por lo que los hombres habían encontrado en la casa, supe enseguida que la mujer había querido quitarse la vida. De allí su reacción. Cuando finalmente recuperada se le dio el alta, fue mi paciente psiquiátrica por más de tres años. Felizmente para ella y su familia, sanó.
Pero no olvido cómo una situación banal puede inclinar y precipitar hacia la muerte. Un cerebro que había sufrido mucho tiempo, de pronto colapsa. He aprendido que el cerebro femenino funciona de forma diferente al masculino, procesando la información de distinta manera.
José Enrique Marianetti

