jueves, abril 2, 2026
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El rito mínimo de volver a sí

Rulo Caba

Docente y escritor

Para quienes sostienen la mesa con las manos y la vida con el alma

Susana preparaba las guarniciones para los amigos de su marido, quienes ese jueves —como tantos otros— ya ocupaban el patio. Con cada corte de las verduras pensaba en otra vida. Se veía viajando a playas de arenas blancas, a montañas donde la nieve parecía guardar un silencio que nadie podía romper. Sus manos seguían un ritmo antiguo: cortes precisos, casi ceremoniales, que le despejaban la mente y la dejaban flotar.

El estallido de un plato contra el piso lustrado la trajo de regreso. Afuera, los hombres reían alrededor del fuego, ese guardián que convertía la carne en rito. Las copas tintineaban entre historias que rozaban la mentira, como el océano besa la arena de las playas que ella imaginaba.

Sonrió al escucharlos. Pensó en sus amigas del secundario, dispersas como hojas de un otoño que nunca terminaba. Pensó en su hija, ya mujer, que había dejado la casa hacía años. Miró al gato robusto que la seguía por la cocina, único testigo de esa casa grande donde el eco, a veces, parecía más real que las voces.

Se recordó joven. Soñaba con una mesa llena, con aromas que abrazaran, con domingos que crecieran junto a los hijos. Y comprendió, de pronto, que esos sueños no la ataban: la esperaban.

Apagó el fuego. Se secó las manos con una lentitud nueva, casi solemne. Tomó el teléfono.

—Elisa, ¿te parece un helado esta noche? —preguntó, mientras una luz suave le giraba el rostro hacia la derecha, como si algo la llamara desde allí.

La voz le tembló apenas, como una rama cuando empieza el viento.

Y en ese temblor, algo en su vida se abrió.

 

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