El portón de mis vecinos en calle Pueyrredón
La vieja “calle-canal” Pueyrredón, conserva aún un cúmulo de Pasado inolvidable y a la vez la incomodidad y el peligro de la interminable hilera de autos que corren con velocidad demencial para el lugar que transitan. Una doble mano que obliga al transeúnte hacer largas esperas para cruzarla, complican la escena.
Sus veredas suben y bajan en desniveles imposibles de ser alcanzados por los adultos mayores que recurren a la ayuda ocasional de jóvenes que pasan para que los ayuden.
Tampoco ofrece la calle lugares para estacionar. No hay refugio. Solo callejones alejados unos de otros donde dejar un vehículo.
Sin embargo …
Pueyrredón conserva otras sorpresas agradables.
Detrás de modernos portones con control remoto y en viejas casonas del ayer, algunas familias conservan intacta la costumbre de hacer salsa casera de tomate en compañía de amigos y familia. Los encuentros son siempre una fiesta de comunicación y buenos momentos. La salsa es casi un pretexto.
El evento dura todo el día. Cuando van terminando, la escena parece más la terminación de una boda que el encuentro de una faena artesanal comunitaria. La música los acompaña todo el tiempo mientras trabajan.
La franja inmigratoria italiana que se instaló cuando éramos chicos sigue viviendo en sus jóvenes descendientes que han sabido conservar sanas y viejas costumbres de los abuelos.
La familia Dottori desciende de un tronco laborioso y exitoso en la cocina, en la construcción de casas, en la elaboración del vino, en las labores artesanales de costuras y tejido.
Cuando el portón a control remoto se abre, pensamos que el tiempo nuevo ha llegado, pero para hay una sorpresa. La cocina de Ana parece una industria donde se amasan ravioles, masa para empanadas, panqueques, pan casero, tortitas, platos italianos típicos. El almuerzo cotidiano los reúne y el apuro del afuera es detenido por un rato para poder escuchar el atrevido corcho de la botella. Es entonces cuando el vino tinto se eleva para un brindis y el tiempo de hoy desaparece.
Quedan pocos portones y familias como esta.
Quedan pocos, pero mientras duren, nos recordaran siempre que quien vivió en Chacras sintió y sentirá la gloria de un bosque poblado de duendes en fiestas amigables.
Tal vez…
Podamos perdonarle a calle Pueyredon, el vértigo del tránsito que nos hace vivir, tal vez la calle misma sienta la nostalgia de la quietud, el silencio de otros tiempos o la fuerza de la corriente del agua marrón cuando en bajada desprendida de la montaña la convertía en rio por muchas horas… tal vez.
Por Onelia Cobos


