jueves, abril 2, 2026
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La corrrupción: el sistema más sano que existe

Un juego de suma no cero

La corrupción: el sistema que se reproduce a sí mismo

Más que hechos aislados, la corrupción funciona como redes adaptables con reglas propias, capaces de protegerse y sobrevivir a cambios políticos.

Dr. Alberto Montbrn

alberto.montbrun@gmail.com

 

Desde la teoría de sistemas, la corrupción puede entenderse no sólo como un delito sino como un sistema social extraordinariamente adaptativo. Su persistencia revela una paradoja incómoda: muchas veces funciona con mayor eficacia evolutiva que las instituciones destinadas a combatirla.

 

Desde hace décadas la teoría de sistemas estudia la “salud” o fitness de los sistemas sociales, entendida como su capacidad para mantenerse operativos a lo largo del tiempo. Un sistema sano no es necesariamente aquel que responde a ideales morales o normativos, sino aquel que logra adaptarse, aprender y reproducirse frente a perturbaciones del entorno. Cuando ciertos fenómenos sociales son percibidos como dañinos, la reacción habitual consiste en enfrentarlos mediante leyes, sanciones o controles. Sin embargo, con frecuencia ese enfoque fracasa porque el fenómeno posee una lógica sistémica más profunda.

 

La afirmación de que la corrupción puede considerarse “el sistema vivo más sano que existe” es deliberadamente provocadora, pero adquiere sentido cuando se la observa desde la teoría de sistemas adaptativos complejos. Un sistema con alto fitness exhibe capacidad de aprendizaje, suficiente variedad interna para responder a perturbaciones y mecanismos distribuidos de control que permiten su reproducción en el tiempo. Desde ese punto de vista funcional —no moral— la corrupción constituye uno de los sistemas sociales más resilientes que conocemos.

 

La teoría de juegos ayuda a comprender parte de este fenómeno. La mayoría de los delitos funcionan como juegos de suma cero: lo que uno gana otro lo pierde. En un robo, por ejemplo, la ganancia del ladrón coincide exactamente con la pérdida de la víctima. En cambio, la corrupción funciona típicamente como un juego de suma no cero. Tanto el corruptor como el corrompido obtienen beneficios inmediatos: uno consigue una ventaja indebida —un contrato, una autorización o un privilegio— mientras el otro recibe una renta privada en forma de soborno o comisión. El intercambio resulta mutuamente ventajoso para los actores directos, lo que explica su notable estabilidad sistémica. El costo se distribuye de manera difusa en la sociedad en forma de menor eficiencia, pérdida de equidad y deterioro de la confianza institucional.

 

La corrupción tampoco opera como un acto aislado. Se configura más bien como una red autoorganizada de intercambios, expectativas y códigos tácitos. Una vez establecidas, estas redes generan sus propias reglas, seleccionan a sus participantes y desarrollan mecanismos de protección. Mientras el derecho funciona mediante procedimientos relativamente rígidos, la corrupción se caracteriza por una gran plasticidad estructural que le permite adaptarse rápidamente a cambios regulatorios, tecnológicos o políticos.

 

Desde la perspectiva de los sistemas abiertos, la corrupción puede interpretarse también como un mecanismo de compensación dentro de estructuras institucionales rígidas. Las restricciones burocráticas y la ineptitud de la administración generan niveles de tensión: demoras administrativas, trámites innecesarios, escasez artificial o asimetrías de información, dificultad de acceso a trámites. La corrupción aparece entonces como un atajo que reduce la fricción percibida por los actores involucrados. En lugar de eliminar esas tensiones, las canaliza mediante circuitos informales que permiten resolver situaciones que la estructura que debería normalmente hacerlo no lo hace o lo hace con lentitud.

 

Un ejemplo reciente de corrupción en la Argentina ilustra estas dinámicas sistémicas. El escándalo que involucra a la conducción de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) muestra cómo redes de intereses económicos, institucionales y personales pueden articularse para preservar su estabilidad. Las denuncias contra su presidente Claudio “Chiqui” Tapia y el tesorero Pablo Toviggino incluyen presuntos manejos millonarios en el exterior no declarados, irregularidades en aportes previsionales y una compleja trama financiera que involucra a varios clubes a través de préstamos otorgados por la Financiera Sur, vinculada a allegados de la conducción de la entidad. El entramado se vuelve aún más complejo cuando aparecen conexiones políticas y judiciales. La designación de Juan Bautista Mahiques como Ministro de Justicia generó controversias debido a sus vínculos previos con estructuras asociadas a la AFA. Su padre, el camarista federal de casación penal Carlos Mahiques, había intervenido en causas relacionadas con el organismo y terminó excusándose, tras conocerse que festejó su cumpleaños en la mansión de Pilar atribuida a Toviggino. En paralelo, una de las primeras decisiones del nuevo ministro fue desplazar al titular de la Inspección General de Justicia, Daniel Vítolo, quien había impulsado investigaciones sobre los estados contables de la AFA. La sospecha surge de inmediato: al gobierno le preocupan las causas de corrupción $LIBRA y ANDIS que involucran directamente al presidente y su hermana, para prevenirse necesitan actores críticos en la justicia.

 

El resultado es un entramado en el que actores políticos, judiciales y deportivos aparecen interconectados. Como ocurre en todo sistema adaptativo, los nodos del sistema cooperan para preservar su estabilidad. Así, la corrupción demuestra nuevamente su extraordinaria capacidad para reorganizarse, absorber perturbaciones y continuar operando dentro de estructuras formales que, paradójicamente, deberían limitarla. Quizás por eso el problema de la corrupción no se resuelve simplemente con más leyes o más jueces. Cuando una práctica logra sobrevivir durante décadas en contextos institucionales muy distintos, probablemente estemos frente a algo más que una suma de delitos individuales. Estamos frente a un sistema. Y, desde el punto de vista de la evolución de los sistemas sociales, un sistema sorprendentemente eficaz.

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